Fortalezas de papel
La encuadernación artesanal sigue vigente en muchas editoriales
Actualizado Lunes , 26-04-10 a las 19 : 44
Que los libros son armas cargadas de futuro, capaces de modificar no sólo las conciencias sino también los regímenes políticos o la estructura de las sociedades es una cuestión que no ha pasado desapercibida entre los mandamases que gestionan el poder.
La persecución de la letra impresa es tan vieja como la propia letra y no han faltado dictadores, censores, inquisidores que a lo largo de los siglos hayan tratado de manipularla o incluso hacerla desaparecer. Pensemos en los libros destruidos por el rey de Babilonia en el año 747 a. C., en la irreparable pérdida de la biblioteca de Alejandría, en la mengua de la biblioteca de Éfeso a manos de la intolerancia de San Pablo, y tantas otras pérdidas irrecuperables.
De hecho, la desaparición de los libros, su extinción apocalíptica ha sido retratada en más de una ocasión por el cine y la literatura. Es el caso de Farenheit 451, de Ray Bradbury, donde la lectura es un delito perseguido por la policía y los libros un objeto peligroso que debe ser destruido por el fuego.
Aunque no parece necesario de momento empezar a memorizar las grandes obras de la literatura como hacían los hombres-libro de Bradbury, ni tener que explicarle a los niños (aunque a veces casi hace falta) qué es esa cosa con hojas y letras y páginas y tapas de cartón que vive en las bibliotecas, lo que sí resulta evidente es que el libro como objeto se tambalea ante la llegada de los formatos digitales. ¿Qué será del placer de la lectura sin el aroma profundo que late en la entraña de los libros, qué sin el tacto de las hojas al pasarlas, sin su peso preciso, sin sus manchas, señales, anotaciones manuscritas…, sin todos los detalles que amplifican lo que ya de por sí la lectura de un buen libro nos regala?
Otro peligro amenaza la pervivencia del libro de calidad: el capitalismo y su maquinaria de banalización y fabricación en serie de perezosos cognitivos sumisos a la industria del espectáculo y el entretenimiento vacuo. La única forma de sobrevivir vendiendo algo que cada vez se vende menos es pasar por la uniformización de las grandes editoriales, que lanzan al mercado productos diseñados únicamente para ser vendidos y donde lo de menos es la literatura, y lo de más, el efectismo, la complacencia del lector facilón y los beneficios.
La fiesta del libro, el 23 de abril, con todas las celebraciones que la acompañan, es una buena excusa para reflexionar sobre estas espadas de Damocles que penden sobre las cabezas de lectores, escritores y editores: los nuevos formatos, la mercantilización literaria, y la extinción progresiva de los lectores.
Editores vocacionales
No está todo perdido. A pesar de las adversas circunstancias, existen en la Comunidad Valenciana pequeñas editoriales que luchan cada día por llevar adelante una actividad a todas luces vocacional, o por lo menos más vocacional que mercantil: la edición de libros. Y es quizás esta forma de resistencia, lo que abre cierta confianza en lo que está por venir: no todo está perdido en las oscuras aguas de la literatura de masas.
Un ejemplo de este gusto y cuidado por la edición lo encontramos en Media Vaca, una editorial valenciana fundada en 1998 y que sólo publica tres libros al año. Calidad por encima de cantidad. Y así son, en consecuencia, sus productos: exquisitos, delicados, y cuidadosamente ilustrados. Porque uno de los pilares de su filosofía editorial es justamente eso: contar cosas con imágenes, hacer libros que duren, que puedan ser compartidos, compartidos y leídos por niños desde 7 a 77 años.
Azotes caligráficos, con un nombre que parece a la vez una declaración de principios (pero que en realidad es el título de un libro de poemas), también muestra especial atención en el cuidado de los libros que edita. Sus fundadores, Rosana Peris, Antonio Sotillo e Isaac Alonso Carpio, se conocieron en la facultad de Filología. Una noche se les ocurrió la idea. Y como al día siguiente seguía intacta la ilusión de su empresa, decidieron seguir adelante.
Empezaron con libros de poesía de edición limitada, generalmente manuscritos (Leopoldo María Panero, Jorge Riechman, Jenaro Talens y Antonio Méndez Rubio), todos ellos fabricados artesanalmente. Ahora, gracias a su tenacidad y a un convenio firmado con el Vicerrectorado de Cultura de la UPV, han ampliado sus publicaciones, entre las que se encuentra el último libro de poemas de Vicente Ponce, Frío en los alrededores de la palabra.
En el corazón de Ruzafa está laeditorial Campgràfic, especializada en libros sobre tipografía. Las relaciones entre arte y letra, el diálogo entre la historia y la didáctica de este área es el pilar fundamental de la editorial. Según uno de sus fundadores, Félix Bella, el proyecto, que vio la luz en el año 2000, surge de la necesidad de cubrir la laguna existente en este campo. Sus socios, Martín Impresores y Tadeo López, coinciden en su amor por la letra impresa y en sus ganas de difundirla.
Versos y trazos
También especializada, pero en literatura infantil, la editorial Versos y Trazos nace, tal y como explica uno de sus fundadores, José Fuentes, de una idea romántica y no económica: la de intentar acercar el mundo de la literatura a los más pequeños. Antologías ilustradas de diversos autores forman parte de un modesto pero completo catálogo, que aumentará próximamente con la edición de una novela gráfica titulada Sinsonte. «Cuesta mucho esfuerzo», explica Fuentes, «porque las distribuidoras no te hacen caso, y al final lo que funciona es el boca a boca. Pero vale la pena».
Y tanto que vale la pena. Porque un libro no es sólo lo que cuenta, es también la forma, el formato en el que nos lo cuenta, lo que nos cuenta sin contarnos nada. Un objeto que vive su vida y sus derivas ajeno a la voluntad de los humanos, entrando y saliendo en sus andanzas, procurándoles sorpresas imprevistas, casualidades y la compañía física que sólo puede dar el tacto. Fortalezas de palabras donde hallar a la vez refugio y aventura.

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