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José Emilio Pacheco: «Los escritores somos miembros de una orden mendicante»
DE SAN BERNARDO El poeta mexicano recibe la ovación de los invitados a la ceremonia en presencia de los Reyes, el presidente del Gobierno y la ministra de Cultura
Sábado , 24-04-10
Podría decirte, compañero del alma, que hay quien va malmetiendo por ahí que la poesía, aquel arma cargada de futuro de la que habló Celaya, dispara hoy con pólvora mojada. Podría decirte, compañero, compañera del alma, que algunos aseguran que el fuego de las palabras ya no hace blanco, que en el futuro que ya estamos sufriendo los megabytes usurparán el reino de los endecasílabos.
Sí, podría decírtelo, compañero del alma, pero te mentiría. Te engañaría a sabiendas, porque ahora mismo crepitan en la hoguera de nuestro corazón las chispas de la incandescente voz del poeta, José Emilio Pacheco, este poeta de México al que nada humano le es ajeno, que ayer recogía en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares el Premio Cervantes: «Escribo unas palabras... criptogramas / de un pueblo remotísimo / que busca / la escritura en tinieblas».
Está el poeta lejos de su hogar, le cubre el polvo de un país hermano, de una semana de fiestas y agasajos, de cuartos de hora de gloria, que el poeta asimila con humildad, modestia muy aparte y un buen humor que nos hace cosquillas en las entretelas del alma. Sabe el poeta, un mexicano vivaraz como un plato de frijoles, que no hay camino, que el camino se hace al andar, aunque haya tropezones, algún traspié, y aunque esté humanamente seguro de que «el mar que es agua pura ante los peces / jamás ha de saciar la sed humana».
Aprieta el sol de abril (no parece ni de lejos el mes más cruel) sobre Alcalá. Nada sabe Pacheco de vanidades, ni nada quiere saber. Ya está en el Paraninfo y ya se le acerca Su Majestad el Rey para entregarle «su» Cervantes.
Don Miguel, el del premio
Está el poeta rodeado de familiares (Cristina, Cristina, compañera y cómplice) y amigos, rodeado de embajadores, presidentes y reyes, presta y lista su voz melodiosa, su palabra sencilla, y viaja en el tiempo el poeta, ese tiempo al que tantas vueltas le ha dado. Viaja hasta estrechar la mano (la buena, claro, no la tórtiga) de don Miguel: «Me gustaría que el premio Cervantes hubiera sido para Cervantes. Cómo hubiera aliviado sus últimos años el recibirlo. Porque casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. El Quijote es también la venganza contra todo lo que Cervantes sufrió hasta el último día de su existencia».
Pero Pacheco es poeta que no le vuelve la cara al lobo hambriento del presente: «Nada de lo que ocurre en este cruel 2010 -de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta a países como México- era previsible al comenzar el año. Todo cambia día a día, todo se corrompe, todo se destruye. Sin embargo, en medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote».
Baja el vate del estrado, llevando a cuestas tanta gloria que se le encorva la espalda, que no es José Emilio hombre de estrambotes, como algún día ya lejano dejó por escrito: «La poesía que busco / es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida». Descansa y suspira el poeta, y en sus entrañas mexicas la piedra de sol le hace tilín, porque la procesión de su felicidad y de sus versos va por dentro. «Es hora de escuchar, Pacheco», se dice. «Lo peor ya ha pasado, pero mira que eres tímido a tus años, José Emilio».
Exigencias del guión
Y la ministra, como Cenicienta, con su zapato, su zapatito rojo, menos ministerial que nunca, se salta las exigencias burocráticas del guión y le dice a su príncipe: «José Emilio Pacheco quiere hacerse entender, quiere ser claro, transparente. Entre ser admirado y conectar. Pacheco elige la humildad, conectar. Sus poemas nos ayudan a ser mejores, ante nosotros mismos, frente a la violencia y la crueldad, frente a cualquier adversidad. Dos versos suyos sirven para encarar estos tiempos y los que vendrán: «No quiero nada para mí, sólo anhelo lo posible imposible: un mundo sin víctimas». La ética, la moral, los valores importan».
González-Sinde se deja de flashbacks y se lanza hacia el futuro: «Cuando nuestros hijos nos pregunten «¿Adónde van los días que pasan?», bastará con que respondamos «a los versos de Pacheco». Su obra no podrá ser olvidada ni cuando termine el final de los tiempos».
Sonreía nuestro Rey, y le hablaba de tú a tú al poeta, como siempre hablaron reyes a juglares. Y a Pacheco, juglar azteca, le crujen las vielas del sentimiento, y vienen a su memoria como pájaros sin nido, las noches frente al folio en blanco, las sinalefas, las graves, las agudas, las esdrújulas, y el río del tiempo se arremansa en su estilográfica.
Y José Emilio Pacheco, con el corazón en un puño por su camarada Monsiváis, recoge sus bártulos, y una vez más, se lanza a esquivar las puñaladas del tiempo inexorable, las penurias de esta edad de las tinieblas: «Ayer no resucita. Lo que hay atrás no cuenta. Lo que vivimos ya no está. El amanecer nos entrega la primera hora y el primer ahora de otra vida. Lo único de verdad nuestro es el día que comienza».
Cualquier día de estos, en un lugar de La Mancha...
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