Martes
, 20-04-10
Córdoba va estando llenita de pintadas supuestamente anónimas, unas explícitas («en mi mesa transgénicos no») o subliminales, como la calavera con «OMG» («Organismos Modificados Genéticamente»). Todas en casas particulares que, por lo que yo sé, no han dado permiso para tal tipo de propaganda. Como a estas alturas bien saben los lectores, estas campañas empezaron en 1996 coincidiendo con la aparición de las primeras variedades transgénicas de soja (tolerante a un herbicida) y de maíz y algodón resistentes a sendas plagas fenomenales que exigen el uso de insecticidas poderosos (prohibidos, además, en la UE).
Curiosamente, las protestas y los ataques fueron exclusivamente contra variedades vegetales, no contra productos farmacéuticos transgénicos, entre ellos la insulina (¡inyectable...!), que estaba en el mercado desde 1982. Se comprende: muchos protestones tienen diabetes... También tienen que lavar vajillas y ropa, y por eso usan detergentes fabricados con componentes transgénicos; de otra forma, no podrían utilizar en lavavajillas y lavadoras temperaturas de 60 y 70 grados.
Cada cual es muy dueño de oponerse a lo quiera dentro, por supuesto, de las leyes. Y no están en ellas ni la quema de campos experimentales ni la destrucción de estanterías de establecimientos que venden productos derivados de OMG, ni destruir invernaderos donde se llevan a cabo tesis doctorales. Ni, por supuesto, anunciarse en las paredes de Córdoba. Todo anónimo, faltaría más. Cuando uno tiene que saltarse las leyes para «convencer» a los demás se convierte en fascista, nazi o marxista, que igual da porque todos siguen la misma táctica: «convencer» aterrorizando.
La causa original era un ataque furibundo contra las empresas «imperialistas» que, por entonces, eran las únicas capaces de utilizar una tecnología puntera como es la ingeniería genética. Claro que ahora no pueden ya mantener ese argumento porque Brasil, Argentina, India y China ocupan, respectivamente, los puestos segundo, tercero, cuarto y sexto en superficie sembrada. India y China, que cuentan con tecnología propia, han sido bien explícitas en el asunto. El primer ministro chino (Wen Jiabao) ha dicho: «Para resolver el problema alimentario, contamos con la biotecnología, contamos con los OMG». Y el indio (Manmohan Singh), el 3 de enero de este año: «Es importante aplicar la biotecnología en agricultura. Lo que se ha hecho con el algodón Bt (resistente al gusano rosado) debe hacerse con los cereales que nos alimentan». Quien tenga oídos para oír, que oiga.
Al igual que esa línea de ataque han ido fracasando todas las demás: que nos iban a envenenar (se consumen OMG en 25 países), que iban a aumentar la pobreza (en 2009 los sembraron unos 13 millones de agricultores en India y China), que iban a destruir el medio ambiente (demostrado que no; ¿y los insecticidas...?), ¡que era jugar a Dios...! En todo se les ha ido demostrando que mienten.
¿Que a qué vienen, entonces, estas pintadas? Pues no lo sé pero me lo imagino. No a salvar nuestras vidas. No en pro de los productos ecológicos que se venden en Alemania a un coste energético tremendo, porque no van en carros de bueyes, claro. Están destinadas a meter miedo en el consumidor para destruir lo poco que queda de agricultura europea: la única forma de ser competitivo es aceptar las tecnologías punteras y contrastadas. Si se corta el avance se queda uno atrás. No sembraremos ni tendremos donde comprar, y cuando los políticos europeos se enteren de que la agricultura es un arma estratégica, será demasiado tarde.
Pero ¿a favor de quién lo hacen...? Porque alguien está pagando...


