Publicado
Viernes
, 16-04-10 a las 09
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Perfiló Molière su Harpagón con los colores del estereotipo sabiamente conjuntados, mojando sin complejos el pincel en diversas referencias literarias, singularmente la «Aulularia» de Plauto, trocando la venerada olla de Euclión por una arqueta, cajita o cofre contenedor de un tesoro que el avaro por excelencia coloca por encima de cualquier afecto. Este Harpagón, que el genio del autor ha convertido en arquetipo del teatro universal, es un figurón sin fisuras, sin posibilidad de redención, carcomido por la reconcentrada codicia que lo mueve, sin una brizna de humana ternura ni capacidad para conmoverse por otra cosa que no sea el dinero, aunque tampoco los personajes aparentemente positivos que lo rodean se agiten por intereses distintos a los estrictamente personales.
Jorge Lavelli sirve el montaje en tonos fríos, en su línea distanciadora de hacer comparecer a los actores con las caras pintadas de blanco, entre porcelanas dieciochescas y cónclave de clowns. El vestuario atemporal de Zito y el artefacto escénico de Sánchez-Cuerda, unas estructuras rodantes de acabado metálico con puertas-espejo, contribuyen a esa neutralidad emotiva y a la sensación de que la acción transcurre siempre en el exterior de la casa del mezquino protagonista, en sintonía con la interpretación, que se mueve en unos registros digamos de máscara hacia afuera, ajenos a rescoldos emocionales interiores, como si se jugara con la homofonía semántica que puede tenderse entre cáscara y máscara, vacías ambas más allá de la pura apariencia, igual que nada hay tras los fingidos muros móviles de la escenografía.
Consigue el director momentos de belleza incólume, como el comienzo de la función con los enamorados Valerio y Elisa fundidos en un beso, envueltos en un largo cortinaje rojizo, o el final, con todos los actores sobre el escenario. Juan Luis Galiardo asume con autoridad un Harpagón que se mueve con voracidad expansiva aunque sin demorarse en matices. La distancia neutra que marca la dirección aplana el trabajo del reparto, un poco indeciso entre dos aguas, aunque Javier Lara y Rafael Ortiz, como Cleontes y Valerio respectivamente, saben sacar partido a esa concepción de fachadas frígidas, y Palmira Ferrer (Frosina) y Manolo Caro (Flecha) animan sus máscaras con desparpajo.


