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México, «zona cero»
AFP En abril del año pasado los «tapabocas» se convirtieron en México en un accesorio cotidiano
La mayoría de los casos se concentraba en la capital, por lo que las autoridades del Distrito Federal decretaron el cierre de escuelas, recintos de espectáculos y deportivos, restaurantes... Una semana después, el Gobierno federal ampliaba las restricciones a todo el país, incluidas las actividades de la Administración. El presidente de la República, Felipe Calderón, aparecía ante las cámaras recordando las medidas profilácticas a seguir: limpieza de manos, evitar besos y abrazos, empleo de mascarillas...
Sin cines ni teatros, sin fútbol ni cantinas ni misa dominical, la Ciudad de México era una ciudad fantasma. Sólo una franquicia de cafeterías permitía acceder uno a uno a sus clientes para retirar bebidas.
Primera víctima
La primera muerte atribuible a la gripe A sucedía el 11 de abril en una niña que había enfermado el mes anterior. Pero hasta que, en junio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) elevara al nivel 6 -el máximo, equivalente a pandemia- la alerta ante esta cepa «impredecible», los casos fueron aumentando en México y Estados Unidos. Medidas profilácticas se implantan en los aeropuertos de todo el mundo para los vuelos procedentes de América, mientras que el turismo hacia México cae en picado.
El primer caso detectado oficialmente en México de la que, en principio, se conoció como «gripe porcina» está fechado el 4 de abril. El «paciente cero» es Edgar Hernández, un niño de La Gloria, pequeño poblado del estado de Veracruz, próximo a una gran explotación porcina. Sin embargo, la región es también tierra natal de miles de trabajadores que emigran a Estados Unidos; muchos de ellos, para faenar en porquerizas de California. Córdova declaraba hace unos días que «sospechamos (...) que vino de Estados Unidos y que fue a través de emigrantes o de turistas los que trajeron el virus».
De hecho, es más que probable que la epidemia empezara a extenderse a mediados de marzo. Fue Canadá quien avisó de la presencia en México de una rara cepa de A/H1N1 en su territorio. Las autoridades mexicanas se habían percatado de un inusual número de casos de gripe en el país, aunque por entonces aún pensaba que era una influenza común.
Ante la morbilidad del virus, México solicitó ayuda a sus vecinos del norte. Para entonces, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades estadounidense ya había detectado siete casos en niños y adolescentes que se recuperaron sin problemas. Finalmente, el 21 de abril se constató que estábamos ante un nuevo virus.
Ahora en México, nadie se acuerda de aquel episodio que convirtió al país en el capítulo de una serie de ciencia-ficción. La gente se besa y sólo usa máscaras en carnaval. Apenas la presencia de gel antibacterial en espacios públicos recuerda aquella ya lejana pesadilla.
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