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Viernes , 09-04-10
La disminución de armas con una capacidad de destrucción tan indiscriminada, masiva y terrible como las nucleares siempre sería una buena noticia. Si no fuera porque, en este caso, la firmada en Praga es más un golpe de efecto publicitario que una real y significativa reducción de armamento.
Poca diferencia hay entre el nuevo tratado y el START-1, que venció a finales de 2009 tras 18 años de existencia, o el SORT de 2002. Incluso ahora se limitan en mucho las complejas medidas de verificación que se venían realizando. Las más de 3.000 cabezas nucleares que quedarán operativas entre ambos países seguirán componiendo el 90% del total mundial, sobrándoles capacidad para destruir todo el planeta. Los ingenios «reducidos» tan sólo dejarán de figurar como operativos, pasando a uno de los diferentes grados de almacenaje, sin ser destruidos, lo que permitirá volver a activarlos en caso necesario.
Además, este tratado sólo abarca a las armas nucleares estratégicas, las que tienen menor probabilidad de ser empleadas en caso de conflicto. Dejando obviadas las operacionales y las tácticas, cuyo uso no es descartable en escenarios limitados y cuyo desarrollo continúa. En realidad, la reducción no rezuma altruismo alguno. Permite economizar en el carísimo mantenimiento en activo de este armamento. Lo que facilitará renovar el arsenal e invertir en programas novedosos de alta tecnología, como las armas geofísicas, las de energía dirigida o las electromagnéticas.
Estas armas ya no tienen el protagonismo de la Guerra Fría, siendo inútil mantener grandes cantidades operativas cuando no es viable utilizarlas contra otra potencia nuclear. Las actuales guerras interestatales se libran con los servicios de inteligencia, en el ciberespacio, en las altas finanzas o en la prensa. Al tiempo que se precisa desviar fuertes recursos para hacer frente a los actuales y previsibles antagonistas asimétricos, como el terrorismo, la subversión o el crimen organizado.
Con esta campaña publicitaria Obama persigue alcanzar un éxito internacional sonado que se le lleva tiempo resistiendo. Y lo necesita antes de la cumbre antiproliferación nuclear del 12 de abril en Washington y la Conferencia homónima de la ONU en mayo.
Igualmente, la firma de este tratado ofrece la ventaja de otorgar una superioridad moral a la hora de exigir a otros países «rebeldes» que desistan en el desarrollo de sus programas nucleares. Consiguiendo que estas armas no llegue a manos inadecuadas.
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