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Miércoles , 31-03-10
DESDE EL IESE
EN el ámbito empresarial se ha acuñado -tomándola del término inglés «accountability»- la expresión de que las empresas deben dar cuenta de sus acciones. El término pretende ir más allá de la responsabilidad social. Se trata de que las empresas, además de sentirse responsables de sus acciones ante la sociedad, den cuenta de cómo han actuado y, en consecuencia, sean premiadas o sancionadas.
Dar cuenta de las acciones no es algo que corresponda sólo a las empresas, sino a cualquiera, en la medida en que nadie está libre de responder de sus acciones ante otro. Quien tiene más responsabilidad, tiene también más obligación de dar cuenta; quien tiene más poder -en la medida en que ese poder es prestado- está más obligado a dar cuenta de cómo lo utiliza. Los que no responden del uso de su poder son -o se convierten- en tiranos.
Ha sido muy aleccionador ver cómo el Presidente Obama tenía que ganarse el voto, uno a uno, de los congresistas norteamericanos para sacar adelante su reforma sanitaria. No sólo de los republicanos, sino, principalmente, de los de su propio partido. ¿Se imaginan que eso pasase en España? Aquí es imposible, porque el sistema electoral que tenemos hace que los cargos electos den cuenta ante todo a su partido más que a quienes les han elegido.
En los Estados Unidos las elecciones son entre dos candidatos. Los electores tendrán sus preferencias en términos de partidos, pero al final acaban votando a aquel candidato que creen que defenderá mejor sus intereses, con independencia del partido al que pertenezca. En contrapartida, los cargos electos, como saben que, si quieren ser reelegidos, tendrán que responder ante sus votantes, tienen como prioridad lo que sus votantes quieren, y eso les da una mayor independencia respecto al partido. Allí el mismísimo Presidente tiene que pedirles el voto; aquí les dicen lo que tienen que votar. ¡Menuda diferencia!
Si me preguntasen quienes son mis representantes en el Congreso o en el Parlament podría citar sólo a cuatro o cinco. Allí votas a uno u otro, y sabes perfectamente bien quién es tu representante; aquí nos dan una lista cerrada, de la que al final sólo conocemos a unos pocos que salen en la tele. Luego se quejarán de que hay una ruptura entre la clase política y la ciudadanía. ¡Cómo no la va a haber, si para empezar ni si quiera les conocemos!
Cuando llegan las elecciones, a todos los políticos se les llena la boca con aquello de que el pueblo es soberano. Lo cierto es que al pueblo le hacen caso sólo dos semanas cada cuatro años. El resto del tiempo, quien les asegura la sopa boba y el asiento para cuatro años más es el partido, y por tanto es a quienes mandan en el partido a quienes dan cuenta de sus acciones, no a sus votantes.
Una «accountability» de la clase política pasa por cambiar el sistema electoral, para que de verdad los cargos electos den cuenta a sus votantes, no a sus partidos. Pero me temo que, en este punto, todos los partidos coincidan en que no toca. Porque eso es perder poder, y nadie quiere perder poder. Todos llevamos un pequeño tirano dentro.
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