
MIKEL PONCE El Juli y Sebastián Castella salen a hombros bajo la lluvia en el cierre de Fallas
Feria de Fallas
Plaza de toros de Valencia. Domingo, 21 de marzo de 2010. Última corrida de feria. Lleno. Toros de Juan Pedro Domecq (1º y 1º bis), Núñez del Cuvillo (2º), Garcigrande (3º y 6º), Manolo González (4º), Victoriano del Río (5º) y Carmen Lorenzo (7º).
Enrique Ponce, de purísima y oro. Aviso y estocada (oreja).
Morante de la Puebla, de morado y oro. Estocada corta (oreja).
El Juli, de nazareno y oro. Estocada y dos descabellos (dos orejas).
El Fandi, de azul marino y azabache. Pinchazo y estocada (saludos).
Sebastián Castella, de lila y oro. Estocada desprendida (dos orejas).
José María Manzanares, de azul y oro. Estocada (ovación).
Cayetano, de gris y azabache. Tres pinchazos, estocada y descabello. Aviso (palmas).
El Juli y Castella salieron a hombros
La corrida que cierra la Feria había despertado gran expectación por su singularidad: seis figuras junto a Ponce, como homenaje en el vigésimo aniversario de su alternativa. A la vez, había cierta suspicacia por si cada torero había elegido su toro...
Al comienzo, hemos temido que la fiesta se aguara por completo. No me refiero a que nos hemos calado sino a un agua más dañina: la que disminuye la casta y las fuerzas de muchos toros.
Felizmente, luego hemos remontado. De la zarzuela «El año pasado por agua» hemos logrado pasar a la gran película «Cantando bajo la lluvia» en dos momentos: unos naturales de El Juli y un gran toro de Victoriano del Río.
El tercero, de Garcigrande, sale suelto, abanto, se defiende. El Juli capotea poderoso. Se echa la muleta a la izquierda y construye una faena casi toda por naturales: largos, mandones, «hasta allá lejos». Es una faena de gran solidez.
Dentro de la estética propia de cada torero, ésta es, sencillamente, la verdad de la Fiesta: ante todo, mandar en el toro.
El que no entienda esto, no entiende nada. Y, para eso, conducir muy largo sus embestidas, con temple, sin dejar que el toro vaya nunca a su aire.
Viendo algunos de estos naturales, he recordado lo que escribió mi amigo Federico Jiménez Losantos de Antoñete: «No había que llamarlos naturales sino escoriales, por lo monumental».
Sin literatura: El Juli atraviesa un momento espléndido, se le ve segurísimo. Volcándose, logra una gran estocada, a cambio de un golpe: dos merecidísimas orejas.
El otro momento culminante de la tarde lo propicia el quinto toro, de Victoriano del Río: colorado, ni muy grande ni muy pesado pero encastado; embiste largo y noble. A Castella le permite lucir su tauromaquia de quietud y verticalidad: chicuelinas haciendo la estatua, pases cambiados ligados con naturales, cambios de mano en la cara... ¡Qué alegría, un toro bravo! La estocada desprendida pone en manos del francés las dos orejas y algunos piden hasta el rabo...
Para mí, era un toro de vuelta al ruedo.
El resto de la tarde no alcanza ese nivel. Creo que se ha equivocado Ponce al elegir para una fecha tan significativa un toro de Juan Pedro: resulta tan flojo que lo devuelven y el sustituto, de la misma ganadería, no tiene más fuerzas.
Un momento singular: brinda Ponce este primer toro de la tarde a sus seis compañeros. (Ninguno de ellos tendrá el detalle, que yo esperaba, de devolverle el cumplido). Luego, dibuja muletazos con su habitual maestría pero a un inválido: así, la emoción es imposible. ¡Hasta hay algunos pitos -por hacerlo con ese toro- cuando borda la poncina! Una estocada de efecto rápido pone en sus manos la oreja.
El sabor del arte
Un toro de Núñez del Cuvillo jabonero, anovillado y flojo le permite a Morante hacer primores en verónicas y derechazos. Por la izquierda levanta mucho la cara y él desiste pero el sabor del arte permanece: una oreja.
El Fandi recibe al colorado de Manolo González, suave y flojo, con dos largas cambiadas. Se derrumba antes de varas y lo cambian con una sola. A pesar de cómo está el suelo, pone cuatro pares con brillantez pero el toro se viene abajo y la faena se trunca.
Un manso de Garcigrande pone en apuros a los peones de Manzanares, pero se deja en la muleta, que el diestro maneja con elegancia. Se apaga el toro, que muere de una gran estocada.
Cayetano lancea al noble toro de Carmen Lorenzo con estética y muletea sin apreturas. La faena no remonta. Torea con empaque pero, ante las dificultades, le falta técnica: lleva muy poco en esto...
Hace años, escribía el poeta valenciano Rafael Duyos: «La de los ocho toros,/ la fartá era la última» y evocaba a una España de Gallito y Belmonte, de Raquel Meller en un palco y Mariano Benlliure en su barrera...
Usando la misma métrica, ahora podría haber escrito: «Con la fartá concluyen/ las catorce corridas./ Hace veinte años, Ponce/ tomó la alternativa./ El Juli a su enemigo/ del todo lo domina./ Castella está tan quieto/ como lo está una viga./ Ver a un toro muy bravo:/ ¿hay mayor alegría?/ Con gracia sevillana / Morante nos hechiza.../ Nunca podrá olvidarse/ Ponce de esta corrida/ por muy feliz que sea/ y muy larga su vida/ como hoy le desea/ el que firma esta rima».

