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Viernes , 19-03-10
PENSARÁN ustedes que con el gendarme francés asesinado por Eta, la descomposición del régimen cubano entre huelgas de hambre y manifestaciones de madres, la subida del IVA o las guerras de sucesión en la CECA, hablar del diputado suplente es casi una frivolidad. Pero espero hacerles cambiar de opinión. Porque el empobrecimiento de España no es sólo económico, es también, y quizá sobre todo, político y tiene que ver con unos políticos encerrados en sus partidos como castillos feudales donde la lealtad está por encima de la responsabilidad.
Es muy posible que se acabe aprobando un proyecto de ley por el que las bajas médicas o de maternidad de los diputados ya no serán un problema para sus partidos, sino que se cubrirán automáticamente por un suplente. Si no se ha hecho ya es por evidentes problemas constitucionales, pero no teman, que pronto algún ilustre abogado encontrará una solución políticamente correcta para los intereses de los partidos. Será un mal día para la democracia española. No sólo porque la discusiones parlamentarias perderán parte de la poca frescura que aún conservan y desaparecerá una ocasional incertidumbre sobre el resultado de la votaciones, sino porque se consolida a los diputados como máquinas de votar. Luego no nos sorprendamos de su escaso prestigio social. Si son perfectamente sustituibles, si no existen como individuos, sino como miembros de un partido, si su libertad de voto es pura ficción, si votar en conciencia es considerado una traición y perseguido internamente como un delito, ¿para qué los necesitamos?
Ahora que reducir el déficit público se ha convertido en una necesidad perentoria; ahora que la Comisión Europea nos ha invitado a aclarar cómo vamos a ajustar el gasto porque no le salen las cuentas, les propongo un ejercicio de coherencia y ahorro: suprimamos la figura de diputados, asignemos votos a los distintos partidos en función del resultado electoral y nos ahorramos una pasta. Que hay que discutir los presupuestos, por ejemplo, pues se reúnen en Moncloa o en el redescubierto palacio de Zurbano los representantes de los partidos, hacen un discurso televisado en directo, ruedan un programa especial de «59 segundos» o «Madrid opina», meten una tarjeta electrónica en un cajero bancario adaptado al efecto, se cuentan los votos y a casa. Mucho más limpio, eficiente, ecológico, tecnológico y sostenible. Y sólo habría que hacerlo una o dos veces por año, para los proyectos de ley mayores, para el resto de actuaciones parlamentarias bastaría con internet. Si además conseguimos que cunda el ejemplo a los diecisiete parlamentos autonómicos y a los plenos de los ocho mil y pico municipios, el ahorro sería mayor. Tendría que echar números, pero a lo mejor nos evitamos reformar las pensiones y hasta subir el IVA. ¡Cómo no se nos habrá ocurrido antes! Y que nadie tema por la calidad de la democracia española: si lo hacemos bien, nos traemos a algún gurú de las nuevas tecnologías y la aldea global y nos escribe un informe original, podremos incluso patentar la democracia eficiente del siglo XXI.
Si les parece que he perdido la cordura, piénsenlo un poco. El diputado suplente -que convendría fuera joven, mujer e inmigrante para equilibrar demográficamente las cifras del paro- será de hecho un autómata. Cierto que no se distinguiría mucho de los titulares de la plaza, pero todo puede empeorar. Qué tropa, que diría Felipe González, en vez de acabar con las listas cerradas y devolver la humanidad, la materialidad, a los señores y señoras diputados, sólo se les ocurre cómo seguir neutralizándolos. Qué se puede esperar de un sistema, llamado parlamentario, donde un diputado se puede pasar veinte años sin tener obra conocida y llegar a presidente de gobierno. Es más, si hubiera tenido obra, probablemente nunca hubiera sido elegido secretario general de su partido.
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