Hace diez años, cerca de 800 seguidores de la secta ugandesa de la «Restauración de los Diez Mandamientos de Dios» se encerraron en su iglesia, tapiaron las ventanas, se rociaron con gasolina y se prendieron fuego hasta la muerte
Actualizado Lunes , 12-04-10 a las 11 : 54
Había llegado «el gran día». Al líder de la secta ugandesa de la «Restauración de los Diez Mandamientos de Dios», Joseph Kimbwetere, y sus cerca de 800 seguidores se les iba a aparecer la Virgen y les iba a llevar al cielo. La locura colectiva se había desatado. El 17 de marzo de 2000, tras varios días de ofrendas y rituales, se refugiaron en su iglesia, cerraron las puertas con llave y tapiaron las ventanas para que nadie pudiera arrepentirse en el último momento y escapar. Luego se rociaron con gasolina y «desataron el infierno» hasta morir carbonizados.
Kimbwetere –un destacado político demócrata de la década de los 60, que, tras perder unas elecciones y desaparecer siete años, comenzó a predicar que había tenido una conversación con la Virgen y Jesucristo, y que la había grabado en una cinta– estaba convencido de que el fin del mundo llegaría en el año 2000.
Aquel mensaje apocalíptico fue difundido entre todos sus fanáticos seguidores, bajo la advertencia de que, antes de que llegara ese momento, debían inmolarse «para poder alcanzar la salvación».
«Se oyeron algunos gritos, aunque no muchos», dijeron los vecinos de Kanunga, la pequeña población situada a 320 kilómetros al suroeste de Kampala, cerca de la frontera con la República Democrática del Congo, donde ocurrió la que entonces llamaron «la tragedia del siglo».
También aseguraron que los fanáticos apenas hablaban, porque tenían miedo de incumplir el mandamiento de «No mentirás», y que, dos días antes, se habían ido congregando en una escuela que los miembros de la secta utilizaban como iglesia, en donde se comieron «tres vacas asadas, bebieron setenta cajas de gaseosa, cantaron y rezaron».
Al parecer, siguiendo las recomendaciones de su líder, los seguidores de Kimbwetere vendieron todas sus propiedades los días previos y recorrieron las aldeas cercanas para despedir de sus habitantes.
Las primeras informaciones de la «tragedia del siglo», como la llamaron algunos, hablaban de 230 muertos. Ese era el número de miembros censados por la secta cuando fue registrada, en 1997, como una ONG. Sin embargo, pocos días después la cifra ya había ascendido a más de 1.000, y los periódicos –incluido ABC – la calificaban como «el suicidio colectivo más mortífero de la historia contemporánea», ya que superaba al de Guyana en 1978, donde 914 personas, lideradas por el estadounidense Jim Jones, habían acabado con su vida ingiriendo cianuro.
Entre los muertos, cerca de 80 niñosSin embargo, pasado el tiempo la Policía concluyó que las primeras estimaciones habían sido exageradas y que la cifra final de muertos se había establecido en 778, entre los que se encontraban cerca de 80 niños. «Además, se han hallado cadáveres de adultos que habrían sido asesinados antes del macabro ritual y cuyos cuerpos fueron arrojados a las letrinas cavadas en el exterior de la iglesia», contaba ABC en febrero de 2000.
La cifra de muertos superaba de manera considerable los 88 seguidores de David Koresh que murieron en el incendio de la fortaleza de Waco (Texas), en 1993; los 48 fanáticos de la «Orden Templo Solar» que se quitaron la vida en una granja y tres chalets de Suiza, en 1994, y los 39 miembros de la secta «Puerta del Paraíso» que, en 1997, fueron hallados muertos, en una mansión de San Diego (California, EE.UU.), boca arriba y con un velo que les cubría la cara y el pecho, con el que esperaban iniciar su «viaje» hacia una nueva dimensión, a la que llegarían en una nave extraterrestre.
«Las sectas destructivas no conocen ni fronteras, ni culturas, ni tradiciones, ni arraigos locales. Todo a través de la mente y las emociones puede dar un giro de 360 grados», escribá el psicólogo y experto en sectas, Eloy Rodríguez Valdés, en ABC. Los casi 800 de Kanunga son un triste ejemplo de ello.

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