El escritor barcelonés relata en «Dublinesca» el ocaso de un editor jubilado que viaja a Dublín para celebrar un funeral por el fin de la era de la imprenta
Vila-Matas: «Son tantas las máscaras que uno ya no sabe quién es»
Enrique Vila-Matas, en las oficias de la editorial Seix Barral /JOB VERMEULEN
Un editor que acaba de cerrar su editorial y no se atreve a confesárselo a sus padres, un viaje a Dublín impulsado por un sueño premonitorio –y no en una cama normal, sino en la de un hospital- y un escritor que vuelve a disfrazarse de ficción para seguir escondiéndose un poco más. «Son tantas las máscaras de los libros que ya no se sabe muy bien quién es uno», asegura Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) cada vez que alguien le pregunta si la literatura –o, en su caso, la metaliteratura- le ha servido para aprender a conocerse. Quizá sea verdad que ni él mismo sabe quién es Vila-Matas aunque, como apunta el autor de «París no se acaba nunca», a lo mejor no es buena idea eso de llegar a conocerse.
«No me conozco. Mi catálogo editorial parece haber ocultado ya para siempre a la persona que está detrás de los libros que fui publicando. Mi biografía es mi catálogo», asegura en una de las páginas de «Dublinesca» Samuel Riba, editor en caída libre y personaje que, a pesar de lo que digan, no guarda parecido alguno con la realidad. O por lo menos no con la realidad que imaginan quienes ven en Riba un trasunto de Jorge Herralde, editor el verano pasado vio como uno de sus autores estrella, «el escritor minoritario más conocido del mundo», como le conocen algunos, abandonaba Anagrama para fichar por Seix Barral. «Es un personaje que tiene mucho de mí, pero también de otros editores –asegura Vila-Matas-. Si la novela fuese acerca de mi antiguo editor, sería un libro completamente diferente».
Perfecto resumen de identidadEse “es ficción” parece resumir a la perfección lo que es y lo que hace Vila-Matas. Lo suyo son ficciones, sí, pero siempre al servicio de algo más grande. Y, según se mire, también más complicado. En este caso, la historia de Samuel Riba y de su apocalíptica visión del mundo editorial –se considera uno de los últimos editores literarios e, impulsado por un extraño sueño, planea viajar a Dublín para celebrar un funeral por el fin de la era de la imprenta, la era Gutenberg- desemboca en un nuevo ejercicio de tetris literario en el que el autor de «Doctor Pasavento» va desplazando el eje del relato, encajando temas y manejando un nuevo rosario de referencias literarias.
«Es una novela muy narrativa y al mismo tiempo, está todo muy conectado. En cierto modo, la he trabajado como si fuese un relato corto, trabajándolo todo muy minuciosamente y sin dejar nada al azar», explica el autor sobre una novela que, con sus subidas y bajadas, sus esquinazos recónditos y sus apariciones fantasmales, hace del «Ulises» de Joyce un hilo conductor casi paralelo al del periplo de Riba.
El azar, como decía Vila-Matas, no tiene aquí cabida, y nada en «Dublinesca» es casual. El propio autor, como Riba, tuvo un sueño premonitorio estando en el hospital, viajó más tarde a Dublín para celebrar el Bloomsday, día dedicado a la obra magna de Joyce, y expresa con esta novela su voluntad de movimiento casi perpetuo. «Me siento como si fuese el albacea de la obra del antiguo Vila-Matas y mi misión fuese superar a mi yo joven», señala un autor que, como para confirmar esta nueva pirueta sobre el abismo, anuncia que se va a mudar de casa y de barrio por primera vez en casi tres décadas.
«La diferencia no es tan abismal: siempre utilizo la misma técnica de colocar a un personaje en una situación límite para ver cómo sale de ahí», relativiza Vila-Matas, quien lleva esta situación límite un poco más allá proclamando el final de una era, la de la imprenta y los editores literarios, que, como casi todo en el autor barcelonés, no es lo que parece. «Es una parodia del fin del mundo, algo que, otro lado, es tan antiguo como el origen del mundo. Todas las generaciones acaban creyendo que la suya es la última, pero yo ya he vivido antes situaciones así», sentencia un autor que, como en el libro, aborda la convivencia entre la galaxia Google y la galaxia Gutenberg. «Se está presentando como un corte radical cuando no es así. De hecho, los links no son más que versión moderna de las notas a pie de página», explica Vila-Matas. Él mismo se confiesa un entusiasta de Internet –aunque reconoce que hace apenas diez años proclamó a bombo y platillo que jamás tendría ordenador-, aunque confiesa no llegar a los extremos de Riba, a quien compara en alguna ocasión con los hikikomoris japoneses.

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