Aníbal Otero: aviso para desmemoriados
Domingo , 14-03-10
Tal día como el de hoy de 1974 fallecía en su casa de Barcia, una aldea de Ribeira de Piquín, uno de tantos municipios agonizantes de la provincia de Lugo, el filólogo Aníbal Otero Álvarez. Su nombre dirá poco a los más jóvenes, tal vez incluso a los más jóvenes de entre sus colegas. El tiempo trabaja a favor del olvido a velocidad vertiginosa. El disco duro renueva sus datos al margen de consideraciones objetivas: borra todo lo que no está permanentemente avivado por la remuneración política, la moda intelectual, la utilidad social o el rédito económico.
Y esa inestabilidad convulsa e incesante se lleva por delante tanto a personas como a sucesos, lo mismo fechas que hechos. Así se entiende el inexplicable si bien fugaz protagonismo de tanto cretino, y la okupación de platós y micrófonos por ese hato de parásitos iletrados apodados tertulianos y cuyo único mérito acreditado es el de su insolente estupidez. Pero incluso resignados a ese estado general de estulticia, hemos de reconocer que el olvido se ensañó demasiado pronto con Aníbal Otero
En realidad, Aníbal Otero ya fue ninguneado en vida, condenado por el régimen franquista primero y luego a muerte física y luego a muerte civil. Colaborador imprescindible, junto al ilustre fonólogo Tomás Navarro Tomás, de don Ramón Menéndez Pidal en el inconcluso Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (el famoso ALPI en el siglo de las siglas), fue detenido en el norte de Portugal en los días iniciales de la Guerra Civil, cuando se dedicaba a encuestar a las gentes de esa comarca y realizar las correspondientes transcripciones fonéticas. Detenido por la policía salazarista, para quien los signos del alfabeto fonético eran claves cifradas de un espía comunista, fue encarcelado y sentenciado a la máxima pena. Salvó la cabeza y, luego de un tiempo en prisión (Tui, Vigo, la isla de San Simón, Burgos y Figueirido jalonan su calvario) recobró la libertad gracias a los oficios, entre otros, de un cura sabio y bondadoso, don Jesús Carro, canónigo de la catedral de Santiago.
Anonadado por la experiencia, ajeno por completo al infecto clima académico e intelectual de los nuevos tiempos, extranjero en su patria, Aníbal Otero se refugió en su aldea natal y cortó todo vínculo que le pudiese conducir a un reencuentro con sus viejos proyectos lingüísticos. Irreductible en su retraimiento, sólo muy pocos amigos (se impone aquí la mención al profesor Xesús Alonso Montero) tuvieron acceso a su voluntaria clausura.
Con todo y eso, su aislamiento no impidió que en 1964 la Real Academia Galega, en una decisión infrecuente por reparadora y ecuánime, lo eligiese miembro numerario para cubrir la vacante de López Abente. No llegó, sin embargo, a leer su discurso de toma de posesión.
De la postergación a que fue reducido en vida Aníbal Otero, un poco por propia voluntad y un mucho por la prevención que entre las gentes de igual gremio suscitan los valores indestructibles, da idea el hecho de que su fallecimiento fue recogido en los periódicos con cicatería de suelto marginal. Entre la prensa de fuera de Galicia, sólo Ya y ABC siguieron la noticia.
Que sepamos, sólo uno de sus trabajos pudo ver editado en forma de libro Aníbal Otero: su contribución al diccionario gallego. Algún otro fue publicado tras su fallecimiento, pero el grueso se halla disperso en revistas especializas -en Archivum, la revista de la facultad de Filología de la universidad de Oviedo, se localizan varias de sus contribuciones al léxico gallego y asturiano- o permanece inédito.
En enero del año próximo se cumplirá el centenario del nacimiento de Aníbal Otero. Al lado de las mediocridades que suelen conformar la lista de postulantes a figuras epónimas del Día das Letras Galegas, el filólogo de Ribeira de Piquín resulta un auténtico coloso. Que se le dedicase la fiesta del 17 de Mayo sería justo y procedente.
Pero en Galicia no hay mérito que valga si no consta en la cartilla militar. Y la RAG, a quien corresponde la designación de los titulares del Día das Letras Galegas, no es ajena a esa pauta castrense: no conviene olvidar que, En su día, los señores académicos nombraron miembro honorario de tan prestigiosa institución a aquel laureado escritor ferrolano que se firmaba con el pseudónimo de Jaime de Andrade.
En cualquier caso, por avisar con tiempo que no quede: 2011 es el año del centenario de Aníbal Otero. Al menos, que nadie pueda alegar amnesia.

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