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«No me tema, no soy un peligro, sólo una persona»
Actualizado Sábado , 13-03-10 a las 08 : 59
—Ya en el cole me lo decían: «Mochales estás mochales», «Mochales, loco», claro que también me decían maricón...
—Pero Platón elogia: «lo que es grande ocurre en la locura».
—Puede ser. De hecho, si empezamos a hablar de filosofía y la relacionamos con la mitología te das cuenta de que todo se basa en locos, lo mismo que sucede en el cristianismo con los apóstoles, que estaban locos. Realmente ocurrían cosas extrañas porque tenían la región del limbo llena de mariposas, por decirlo de alguna manera. Es una idea, pero también creo que es una realidad.
—¿Cuando empezó «lo suyo», cómo sucedió?
—En el año 88, con la construcción de un edificio público con el que comparto muro; llegaban a trabajar a las 6,30 de la mañana y ya no cesaba el ruido... También empezó con una amiga con la que hacía el amor y que abortó, con llamadas anónimas a mi casa que nadie se creía y en las que una voz muy baja me decía obscenidades todo el rato, continuamente... Hubo más detonantes... Por eso creo que mi esquizofrenia, o como la llaman ahora «trastorno esquizo-afectivo», fue reactiva. Yo creo que todas las esquizofrenias lo son.
—¿Qué síntomas le hicieron pensar que estaba enfermo?
—Intenté mirar la realidad desde un millón de puntos de vista diferentes.
—¿Y qué veía?
—Cosas, pero no me decidía a seguir por el sendero que yo tenía que escoger. Era como si en un camino hay varias bifurcaciones y te vas a recorrerlas todas, te desdoblas y tienes que tener mucha experiencia para no descomponerte.
—Los propios investigadores dicen que la esquizofrenia es un misterio, ¿también para usted?
—No. Es un misterio el cerebro, pero la esquizofrenia no, sólo es una palabra médica que van sustituyendo por «bipolar», «esquizoafectivos»... La esquizofrenia podría solucionarse si se decidiesen a hablar de una vez por todas médicos americanos con europeos y africanos, con las cosas de los antiguos y otras que no están al alcance de mi entendimiento.
—Lacan la definió como «la forclusión del nombre del padre».
—¡Hombre, éste es un poeta!
—¿Sintió miedo?
—Terror, pánico. Al principio no te atreves a hacer nada y cuando las cosas se ponen difíciles empiezas a ver que todo el mundo a tu alrededor está tan o más loco que tú. Entonces sientes más miedo.
—¿Se encontró solo?
—Muy solo y muy acompañado.
—¿Cómo vivió en psiquiátricos?
—Sintiendo cómo cierran la puerta y te echan el cerrojo.
—Ahora presume de libertad, ¿no será peligroso?
—No me tema. Tampoco soy inane: sólo soy una persona.
—«¿Quién tendría una relación con un enfermo mental?». Lo pregunta su protagonista.
—Los que comprenden, acatan y asumen, sin prejuicios. Otra cosa son los preparados por la ofensiva periodística y «rumorística», que desde el principio te señalan con el dedo «es esquizofrénico», y luego sale por la tele uno que apuñala a otro y dicen «es esquizofrénico», como dicen que el que acuchilló era marroquí: tarjetas de presentación falsas.
—¿El daño del estigma de la enfermedad mental?
—Mucho. Problemas para trabajar y para ser aceptado incondicionalmente por mis amigos, salvo cuando están desesperados y me dicen «te quiero».
—¿Algún plan para el futuro?
—No tener planes.
—Una última curiosidad, ¿a los locos les interesa la política?
—Mucho. Pero los políticos deberían acercarse más a la gente corriente y expresarse más claro y no con ese lenguaje críptico y metapolítico que usan sobre todo en elecciones.
—Oiga, ¿y tanto interés no será ya un síntoma de trastorno?
—Podría ser.
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