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La ambición peligrosa de Daniel Luque
EFE Daniel Luque, al natural, cortó dos orejas y abrió la puerta grande
Conoce de «pe» a «pa» el axioma fundamental para ser figura: la ambición. Pero su doble filo aguza el peligro. A Daniel Luque hay que decirle «sooooo» en lugar de «¡arre!» El sevillano quiere hacerse rico pronto y ayer se ganó el sueldo. De tan arreado que anduvo, por momentos se echó en falta mayor reposo. Pero bienvenida sea esta disposición en tiempos de acomodamiento generalizado.
Luque se alzó primer triunfador de la feria con el segundo toro, el mejor de la seria y mansa corrida de Fuente Ymbro. El hierro de Ricardo Gallardo ya no es un caudal de bravura, pero aun así el conjunto contuvo notas de interés. Franco y repetidor fue este buen ejemplar de Luque, que lo aprovechó a su manera y gustó al personal. Ganó terreno en las verónicas del saludo, sintiéndose en los lances. Quitó por chicuelinas ceñidas y brindó la faena al público. Desde los medios llamó a «Jupio», y allá que acudió con prontitud y alegría. Hubo ligazón y temple, limpieza y largura media, pero los muletazos carecieron de la suficiente hondura y rotundidad -factores que le exigirán en su gesto del Domingo de Resurrección en Madrid-. Quizá no barrió la arena y tiró al completo para que el cartucho no se agotase. Trincherillas y desdenes supieron a gloria entre el gélido ambiente; también algunos de pecho. Hizo amagos de rajarse el ejemplar, que pegó un arreón. No se arredró el valiente de Gerena. Espadazo hasta la bola y dos orejas.
Si le tocó en suerte el más boyante, también se llevó el peor. El quinto salió suelto desde el principio. Luque se dobló con él, pero iba a su aire. No quería telas, sólo huir al reino de la mansedumbre. El matador se desesperó y lo despenó sin marear la perdiz.
El otro trofeo se lo ganó Rubén Pinar con un manso que transmitió y sirvió. Valeroso, plantó batalla en tablas. Muy dispuesto, extrajo tandas de mucho mérito frente a un animal con cierta violencia al que fue sometiendo. Con el sexto, que no rompió, recurrió a técnica y decisión.
Ni saludó, pero los tres o cuatro muletazos más profundos brotaron de la muleta de Alejandro Talavante con un «Amante» flojito y a menos, con el que prologó por firmes estatuarios. Aunque para endeble, su espada. También se encasquilló con el descabello en el cuarto, que lucía una impresionante daga. Le costaba humillar y el extremeño tomó la izquierda con quietud y sin miramientos. Le bajaba las telas, pero el toro no estaba para reverencias y levantaba la cabeza. Para colmo perdió las manos y el torero, más alicaído ya, la muleta. Aquello no condujo a ninguna parte...
Atrás quedaba esa «ambición peligrosa» de Luque, quien no es precisamente el ejecutivo de la cinta con ese título, pero sí un torero con muchas ganas de cotizar al alza en la «bolsa» de la Fiesta.
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