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Viernes
, 12-03-10 a las 11
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Fernando Alonso se comporta en la Fórmula 1 como una hoja de cálculo, una versión del excel que cronometra, computa, evalúa y decide. Aunque su temperamento latino sale a la luz cada vez que detecta un perjuicio para sus intereses, lleva demasiado tiempo en el automovilismo y ya ha hecho callo. Su trayectoria en la Fórmula 1 se retrata por determinadas frases que han pasado al ideario colectivo.
En su primera vuelta como piloto de Fórmula 1, en el circuito urbano de Albert Park en Melbourne (2001), deslizó aquella premonición a su entonces mánager Adrián Campos. «Aquí va a costar ser el jefe, ¿eh?», anticipó el novato que venía con un racimo de campeonatos en todas las categorías inferiores y gastaba trazas de «boss». Alonso debutó en Minardi y al regreso de la primera carrera, ya lo tenía claro: «Me ganan los coches, no los pilotos».
La marea azul
En Renault consumó su hazaña después de superar con nota el periodo de becario, siempre de la mano de Flavio Briatore, el personaje que lo ha tutelado por contrato y por afecto. No sólo fue campeón (2005 y 2006), sino que instauró una estética respecto a las carreras: la marea azul, que combinaba los colores del Renault (por la tabaquera Mild Seven, entonces patrocinador principal de la escudería) y los de la bandera de Asturias. Nada volvió a ser como antes. La Fórmula 1 entró como un elefante en los hogares españoles y, al proclamarse vencedor, Alonso dejó una frase que mucha gente le ha reprochado: «No le debo nada a nadie», exclamó al alzar los brazos en Brasil.
Convertido en una estrella, fichó por McLaren. «Es mi sueño», enfatizó sin prever lo que se le venía encima. Un año horrible, de gesto torcido y convivencia imposible, con los jefes del equipo. Un choque de culturas hispano-británico con Hamilton de por medio. Diez meses y adiós, sin el título que rozó en la última carrera de Sao Paulo. «Estamos fuera», soltó liberado al romper su contrato con McLaren.
Y vuelta a Renault. Tu equipo, se le dice siempre sin mayor pretensión porque es la casa donde más tiempo ha vivido. No, rechaza él, siempre con vistas al pasado. Alonso es él y sus circunstancias. Durante dos años sin apenas éxitos, recordó a todo el mundo sus inicios en Minardi, los nudillos que se dejó cuando era un alevín en busca de patrocinadores, los fines de semana en carretera desde Oviedo hasta Italia. «Eso sí era duro», rememora. En Ferrari ha alcanzado la cima de la montaña. Y deja otra sentencia para la posteridad. «Me retiro en Ferrari, seguro».










