La «tercera minoría» espera subir en número de escaños y ganar la batalla del petróleo en su región autónoma

El kurdo iraquí Majid Ali, con muletas, y su familia en su domicilio familiar de Bagdad
Los francotiradores han desaparecido de las azoteas de la zona de Sadriya de Bagdad, pero Majid Ali sigue teniendo una sensación de miedo cuando se ve obligado a cruzar la avenida central. Hace cuatro años su hijo Hamid fue abatido de un disparo en la cabeza. La foto del joven veinteañero preside ahora la peluquería de su padre.
Casi medio millón de kurdos vive en este barrio bagdadí, kurdos chiíes -a los que les llaman filíes- que en los últimos años han sufrido por su origen kurdo y por su secta. El Partido Democrático del Kurdistán (PDK), formación que lidera Masud Barzani, ha ocupado una antigua sede del Baas en la zona para atender a esta comunidad que estuvo en el punto de mira de Sadam Husein y, ahora, de Al Qaida.
Las banderas tricolores del Kurdistán -franjas horizontales rojas, blancas y verdes con el sol en medio- apenas tienen protagonismo entre las imágenes de los imanes del chiísmo. Conscientes de su peso en el actual Irak, donde resulta imprescindible una coalición para poder gobernar, las formaciones políticas kurdas luchan por rentabilizar el voto de los suyos tanto en sus provincias, como en Bagdad.
El Partido Democrático del Kurdistán y la Unión Patriótica de Kurdistán del hoy presidente de Irak, Yalal Talabani, acudieron de la mano a los comicios de 2005 y obtuvieron 57 de los 275 escaños. Formaron gobierno con Nuri al-Maliki y les correspondieron cinco ministerios, unos números que esperan mejorar tras las elecciones del pasado domingo.
«Este gobierno no ha cumplido las expectativas y el problema kurdo sigue sin resolverse, especialmente el caso de Kirkuk. Es hora de cumplir el artículo 140 de la Constitución», advierte Mohamed Amin al-Dalawi, líder de la coalición kurda en Bagdad.
Kirkuk se ha convertido en el centro de los problemas en el Irak del siglo XXI. Situada a menos de trescientos kilómetros al norte de la capital, turcomanos, árabes y kurdos se disputan la hegemonía sobre una provincia en cuyo subsuelo hay importantes reservas de crudo. En los sesenta y setenta sufrió un proceso de arabización por parte de Sadam, pero en los últimos años han sido los kurdos los que han repoblado la zona para intentar convertirla en la cuarta provincia de su región autónoma.



