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Miércoles , 03-03-10
El terremoto de Chile está dejando una sensación extraña entre la opinión pública mundial. Por un lado, con la cercanía del horror del sismo del 12 de enero de Haití y sus más de 300.000 muertos, parece que los algo más de 700 fallecidos en Chile hasta la fecha lo sitúan como un «desastre menor». Sin embargo, si uno ha visto las imágenes que nos van llegando y, sobre todo, si uno conoce la zona más afectada, puede valorar en su justa medida las dimensiones reales de esta tragedia.
El Chile rural de la zona centro-sur del país, las regiones del Maule, Bio Bio y la Araucanía, ha sufrido un golpe absolutamente terrible. Por motivos familiares y por mis viajes a esta zona, sé perfectamente de qué estoy hablando. A lo largo de la costa del Pacífico se sucedían los pueblos que vivían del mar y de un incipiente turismo nacional. Digo bien se sucedían porque ahora, muchos de ellos, simplemente, han desaparecido.
El maremoto que se desató horas después del seismo fue el que arrasó con todo. Recuerdo Cobquecura -epicentro del terremoto-, con su extensa playa de arena donde era fácil observar manadas de leones marinos en las rocas cercanas al litoral, también Puerto Saavedra, Punta Lavapié, Talcahuano, Lebu, Tirúa, Arauco... infinidad de poblaciones que han sido parcial o totalmente arrasadas y donde las autoridades no han podido acceder por las dificultades en las comunicaciones.
Chile es un país acostumbrado a los terremotos y, por supuesto, nada tiene que ver con Haití, el país más miserable de América. La mayoría de las viviendas de esta zona son de madera, y al contrario de lo que pudiera parecer, las que mejor resisten a los temblores. La madera cruje y se tambalea como un flan pero aguanta mejor el embate de los movimientos telúricos. Lo que ocurre es que, unas horas después, llega la furia del mar con olas enormes y se lo traga todo. Esto es lo que ocurrió, arrasando lo que había quedado en pie en un primer momento.
Muchos lugareños se han salvado porque conocen muy bien el entorno natural en el que habitan y las consecuencias de un terremoto así. Los cerros cercanos fueron auténticos campamentos improvisados donde todo el mundo se refugió de la furia del mar que vendría seguro. Por eso no estamos hablando de decenas de miles de muertos.
Mi familia chilena es de la ciudad costera de Lebu, 145 kilómetros al sur de Concepción. Su casa de madera aguantó el temblor y, gracias a Dios, pudieron subir a un cerro donde vieron como el mar arrasaba rápidamente su pueblo. Pasaron la noche al raso con sus vecinos, sanos y salvos pero abrumados por la impotencia y por un futuro incierto que ahora se cierne sobre sus vidas.
Estoy convencido de que Chile, el país más serio y estable de Iberoamérica, sabrá sacar lo mejor de su fuerza y orgullo para salir delante. Confío plenamente en ello.
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