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Miércoles , 03-03-10
DESDE EL IESE
ADMITÁMOSLO. No hacemos las cosas siempre bien. De vez en cuando nos equivocamos, metemos la pata. Nadie puede pretender que acertemos siempre en todo. Lo que sí cabe esperar es que asumamos nuestra limitada condición, que aceptemos que nos hemos equivocado, que nos disculpemos por ello, que estemos dispuestos a rectificar, e incluso a reparar los daños causados, si es el caso.
En las últimas semanas hemos visto varios ejemplos de gente que públicamente ha admitido haberse equivocado y ha pedido perdón. Según el entorno cultural -y también según el tipo de metedura de pata- ese pedir perdón se articula de una forma u otra.
En la cultura asiática es frecuente la imagen de funcionarios públicos o de directivos empresariales haciendo una profunda inclinación de cabeza como una forma de aceptar públicamente sus errores y pedir perdón por ello. Lo hemos visto con los directivos de Toyota. En el mundo anglosajón no se lleva lo de la inclinación de cabeza, pero es también frecuente que, por ejemplo, personajes públicos, que podrían ser tenidos como modelo de referencia para sus conciudadanos, admitan haberse comportando de forma errónea en su vida privada y pidan públicamente perdón. El último caso, Tiger Woods.
Aquí no estamos demasiado acostumbrados a pedir perdón. Más bien la actitud que se lleva es la de hacer oídos sordos, esperar que pase el temporal o que surja un escándalo mayor que haga olvidar el nuestro. O incluso convertimos una actuación inmoral en una señal de autenticidad y la pregonamos a los cuatro vientos. Cualquier estrategia vale con tal de no reconocer que nos hemos equivocado.
Pedir perdón no es fácil, exige un punto de valentía -del que quizás carecimos para no hacer el mal del que ahora nos disculpamos- y de humildad, que merece ser reconocido y aceptado. Pedir perdón no debería ser visto como un signo de debilidad, sino de fortaleza. Pedir perdón tiene como contrapartida que los demás estén dispuestos a perdonarnos: vivir en una sociedad que sea exigente y estricta con la ley -por supuesto-, pero respetuosa con los demás y que no haga leña del árbol caído. Aquí, por el contario, basta con que alguien reconozca haber hecho algo mal, para que pensemos que algo estará buscando o le paguemos con el escarnio público, olvidándonos de que todo el mundo tiene derecho al buen nombre.
Estaría bien que también aquí pidiesen perdón los que mienten sistemáticamente para aferrarse a sus cargos, los que utilizan el poder para beneficio propio, los que vulneran los derechos más básicos de las personas. Pero, ¿estarán dispuestos a reconocerlo? Más aún, ¿estaremos preparados para oírselo?
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