Hace siete años de la caída de Sadam Husein y los ciudadanos iraquíes quieren mirar adelante

La habitación de los hijos de la familia Alwan era antes una oficina del Ministerio de Defensa
Domingo
, 28-02-10
Ni rastro de estadounidenses por las calles de la capital, ni rastro de milicias. La Policía y el Ejército iraquí ocupan ahora los puestos de control que se han reforzado de cara a la cita con las urnas del próximo domingo. Siete años después de la caída de Sadam Husein, Irak recupera el mando de la seguridad en las calles de los centros urbanos y cuenta los días para la salida definitiva de los americanos.
Esta ciudad nunca volverá a ser la misma, sus habitantes tampoco. En el ayuntamiento su director general, Hakim Abdelzaharka, repasa los grandes proyectos que maneja, «el setenta por ciento de las casas ya tienen agua potable, hemos iniciado los estudios para abrir un metro -un proyecto heredado de la época del antiguo régimen- , está en marcha la renovación de la calle Rashid y en breve pondremos en marcha tres promociones para la construcción de trescientas mil viviendas, la mayor parte de ellas en Ciudad Sadr».
La dictadura parece lejana
La dictadura baazista parece lejana y los símbolos del régimen han cambiado de manos. Las antiguas casas de Uday y Qusay Husein, hijos del dictador, las ocupan la sede central del Consejo Supremo Islámico de Amar Al Hakim y el presidente Jalal Talabani, respectivamente, y a pie de calle, tras los saqueos generalizados, miles de iraquíes también optaron por ocupar edificios públicos. «Un problema tremendo», según los responsables municipales.
Hadi Khazal no es un desplazado por problemas sectarios, ni tampoco su casa fue destrozada por la guerra. No tenía casa propia y optó por ocupar una oficina dentro de un edificio del Ministerio de Defensa aprovechando el caos reinante en el país tras la caída de Sadam.
Se queja de la falta de servicios -no tienen agua ni luz-, pero asegura que sólo se moverá si vienen las fuerzas de seguridad a echarle, «estoy dispuesto a pagar un alquiler mensual al Gobierno», repite una y otra vez. No parece que el desalojo vaya a producirse ya que el ahora primer ministro, Nuri Al Maliki, ha ordenado que no se toque a los miles de «ocupas» que hay en Bagdad hasta que se busque una solución, un gesto tildado de «electoralista» por sus opositores y que ha servido a Maliki para garantizarse el voto de este gran sector de la población.
La ocupación se ha convertido también en una forma de negocio ya que los pisos y oficinas ocupadas se venden y se alquilan como si fueran pisos libres. «¿A dónde vamos a ir? Tuvimos que salir de nuestra aldea, Mahawil, porque nos acusaron de pertenecer al partido Dawa (grupo chií del primer ministro Maliki perseguido por Sadam) y allí dejamos todo lo que teníamos, si nos quitan esto nos quedamos en la calle», lamenta Mehdi Abdul Hussein Alwan, que tomó parte activa en la guerra contra Irán de los 80 y desde entonces tiene problemas en su vista a causa de las armas químicas que Sadam les ordenó usar.
«Empezamos a retirar muros y reabrimos treinta calles, pero entonces llegaron los atentados de agosto, octubre y diciembre contra edificios oficiales -que causaron más de 400 muertos- y tuvimos que volver a reforzar la seguridad», asegura Abdelzaharka desde su despacho en un ayuntamiento que se encuentra rodeado de un muro de cemento y con las carreteras que le rodean cortadas al tráfico.
La estrategia para evitar atentados en esta última semana electoral consiste en «aumentar los controles y variar las posiciones habituales de los puestos policiales», aseguran fuentes de la seguridad iraquí, que tampoco descartan el toque de queda en algunas zonas sensibles durante el día destinado al voto.




