Un tribunal de apelación de Texas ha paralizado la ejecución de Charles D. Hood, culpabel de doble asesinato, al demostrarse el idilio

Charles D. Hood
Actualizado
Viernes
, 26-02-10 a las 13
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Charles D. Hood lleva veinte años condenado a muerte por doble asesinato. Se le encontró culpable de matar a tiros a Ronald Williamson y a Tracie Lynn Wallace, una pareja con la que compartía piso en 1990 en Texas. Hood se proclama inocente pero no hay mucha gente que le crea. Es difícil: conducía el coche de los difuntos cuando la policía le detuvo. Y, sin embargo, esta semana ha conseguido que un tribunal de apelación de Texas renuncie a su ejecución, algo que muy raramente pasa en este estado. ¿Tendrá algo que ver que Hood haya conseguido demostrar que la juez que le condenó estaba liada con el fiscal?
Ésta fue la base de la apelación: que Hood no había tenido un juicio justo porque la juez Verla Sue Holland no se inhibió del caso a pesar de tener una aventura -extraconyugal encima, y a dos bandas- con el fiscal Thomas S. O’Connell Jr. Los dos lo admitieron en 2008.
Contado así uno se imagina un enredo tórrido de película, con Kathleen Turner o Sharon Stone en el papel de la juez y Michael Douglas o William Hurt en el del fiscal. Nada más lejos de la realidad. Las imágenes de los dos amantes que este fin de semana publicaba The New York Times no podían ser más antieróticas. El fiscal es una especie de «red neck» -cuello rojo, el nombre que se aplica a los individuos no exageradamente cosmopolitas de la América profunda-, la juez es una matrona sexagenaria con gafas de culo de botella y el pelo gris y ensortijado hasta la crueldad.
La edad no perdona
La edad no perdona
Por supuesto, la edad no perdona. Pero parece que hace veinte años la cosa no era mucho mejor. La juez Holland es la primera que admite que su idilio con el fiscal O’Connell era tan básico que bien poco le faltó para ser sórdido. Su amante iba a lo que iba -por supuesto, cuando ella estaba sola en casa- y nunca se quedó a pasar la noche ni a dormir. «No podía, todo el mundo habría reconocido mi camión», se excusa el hombre. Es lo que tiene vivir en un vecindario pequeño y cotilla. Claro que eso no explica por qué el regalo más romántico que le hizo nunca fue una taza con la foto de un oso polar. O que no mandara ni una carta de condolencia cuando murió el padre de ella. Ni siquiera la llamó por teléfono.
Aun así, ella le amaba, ha confesado con énfasis la jueza, que aunque se declara «furiosa» porque esta historia ha «aniquilado» su reputación, no por ello escatima detalles. Por ejemplo que en total habría siete u ocho encuentros sexuales, no más. Y que el último de ellos se había celebrado tres años antes del juicio en el que se condenó a Charles D. Hood.
Y aquí empieza el lío que según como se gestione podría abrir una pintoresca brecha en la jurisprudencia norteamericana. En septiembre la máxima instancia de los tribunales de apelación de Texas tumbó el recurso de Hood. Consideraron que este había «tardado demasiado» en sacar a colación todo esto. También desestimaron que la aventura entre juez y fiscal, aun probada, fuera razón suficiente para invalidar la condena o el juicio.
¿Lo es? Hay opiniones para todos los gustos. A Hood no le ayuda en absoluto que hasta las ratas de Texas le crean culpable. En este estado nadie se siente demasiado culpable por mandar al corredor de la muerte a quien consideran un asesino. También creen que un lío escasamente tórrido de tres años atrás es argumento de poco peso para descalificar a su juez.
Pero resulta que en Estados Unidos se ha recusado a jueces por haber aceptado regalos insignificantes. O no exactamente insignificantes, pero sí sospechosos, por ejemplo un pene de chocolate. ¿Cómo se come que el mismo país que legisla contra esto deje pasar los amoríos de la juez Holland?
Conscientes del filón, los abogados de Hood llevaron el caso al Tribunal Supremo, contando con que éste le enmendaría la plana a la judicatura texana. La misma judicatura texana lo debe considerar probable, porque se ha sacado de la manga una solución de compromiso: han derogado la pena de muerte contra Hood. Pero no lo han hecho basándose en la relación secreta entre el fiscal del caso y la juez -aunque todo el mundo la tenga en mente-, sino agarrándose a otros factores.
Ahora invocan por ejemplo que Hood no tuvo un juicio injusto pero sí muy duro, porque a los miembros del jurado les faltaron datos que habrían podido llevar a una condena más suave, aún siendo culpable. Se habla de dificultades cognitivas del acusado, de que a los tres años de edad un camión le atropelló y le rompió las dos piernas, etc.
Lo que sea para no tener que hablar de lo otro.


