El actor, poeta y cineasta Jesús Fernández prepara un film sobre Buñuel y la Orden de Toledo

Publicado
Jueves
, 25-02-10 a las 14
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Recibo cada estación como un grato don equinoccial el boletín RAMÓN. Ramón, o sea Ramón Gómez de la Serna, no es un autor: es una literatura, un hábito que adicción crea, una droga benéfica, bonachona mejor. Me unen a Ramón la pasión por el Rastro, la afición a la pipa y cierta tendencia a la grosura. Quiero creer que también, mutatis mutandis, el regusto por el juego con las palabras, el fetichismo del calzado femenino y un desaliñado dandysmo. Y algo más aún, el fervor por Toledo…
Es el caso que Ramón organizó hacia 1910 una fuga de cerebros de la Corte, de diferentes edades, a Toledo. El reto, deambular por el laberinto una desangelada noche de enero. Tras cena copiosa y consiguiente tertulia, los más viejecitos o ajados del grupo se retiraron a sus aposentos hoteleros. Escribió Ramón de aquella memorable velada: «Nos sentimos pequeños, cohibidos y frágiles en ese Toledo helado, ventoso, rico en piedras erigidas, labradas y gloriosas… Habíamos querido ser turistas literarios y en la noche toledana no se admitía esa especie y quedábamos convertidos en exploradores del polo en una misión de perspectiva de siglos».
Adviértase que Ramón, genial siempre, acuña aquí el concepto de turismo literario, algo en que creemos más los literatos que los promotores y agentes turísticos. Pero es que además prefigura lo que sucederá tres lustros más tarde y que perdurará como leyenda urbana en el más noble sentido durante décadas: la Orden de Toledo. En efecto, entre las élites madrileñas y en la Residencia de Estudiantes, que formaba parte de ellas, la melancolía y semirruina de Toledo se trueca en prestigio vanguardista, de manera que la escapada a Toledo es obligada y si se envuelve entre tinieblas, mucho más recomendable.
Buñuel fue el gran motor de la Orden, algo que se tuvo por gamberrada juvenil (y que ciertamente tuvo aspectos que acreditan semejante categorización) pero que últimamente se reivindica como episodio vanguardista de entreguerras, análogo y coetáneo del dadaísmo y del futurismo. Hace pocos años, tuve el placer de colaborar con dos paisanos, el catedrático Miguel Molina y el músico Leopoldo Amigo, en una recuperación audiovisual, acompañada de exposición y libro, del espíritu y significado de la Orden de Toledo.
¿Y en qué consistía la misma? Simple: se accedía al grado de caballero a través de una iniciación consistente en aguantar una noche entera vagando por el dédalo toledano, bien cargado de vino de Yepes; en algún momento, se improvisaban poemas y cánticos (los célebres anaglifos), y se tributaba culto entre la admiración y la transgresión a «la antigua capital de España, ciudad ibérica, romana, visigótica, judía y cristiana». Según se trasnochara más o menos, se accedía a los grados de caballero, mero escudero, invitado de escudero o invitado de invitado de escudero.
HASTA EL 36. La Orden funcionó hasta el 36 y tuvo un intento de revitalización en la posguerra, utilizando a Pepín Bello como eslabón reencontrado, aunque segundas partes…. Entre los caballeros y escuderos, nombres egregios: Dalí, Lorca y su hermano Paquito, Alberti, Pedro Garfias, Moreno Villa, Georges Sadoul, el operador de cine Elie Lotar, René Cravel, Pierre Unik, el pintor Uzelay, etc… Hubo mujeres, claro que las hubo: la bibliotecaria Ernestina González, Aliette Legendre (hija de Mauricio Legendre, director del Instituto Francés de Madrid) y la gran María Teresa de León, novia de Rafael Alberti, que escribiría páginas hermosas y muy expresivas sobre las andanzas de la Orden.
¿Los lugares de la Orden? La plaza de Santo Domingo el Real, escenario de las iniciaciones, la Venta de Aires (donde se paliaba la resaca con tortilla de magras, perdiz escabechada y más vino de Yepes), la casa natal de Garcilaso de la Vega… Mientras que Rilke y las familias de la aristocracia inglesa se alojaban en el glamoroso Hotel Castilla, estos jóvenes aventureros y airados preferían antros como la Posada de la Hermandad o la de la Sangre, que mantenían casi intactas la atmósfera e incomodidades del Toledo de La ilustre fregona. Bien, no se trata de que prefirieran: aunque fueran señoritos de la élite, hijos de notario, cacique o indiano enriquecido, no eran sino estudiantes. Y el estudiante, por definición, tiende a lo barato.
De todos aquellos locos caballeros de los veinte, fue Buñuel el más perseverante. Aun exliado político-laboralmente, realizó en los 50 un magnífico reportaje fotográfico sobre calles y rincones de Toledo, se recluía en el Parador para urdir sus guiones de madurez y trasladó a Toledo el galdosiano Madrid de Tristana, la mejor de las muchas decenas de películas rodadas en la capital regional. El personaje de Saturno, el sordomudo inolvidable encarnado por Jesús Fernández, transmutado en hijo astral y creativo del director maño, es hoy, además de actor, escritor, poeta y cineasta cabal.
Ahora, tras sus dos incursiones previas en el largo, prepara, contando con una ayuda de la Consejería de Cultura, Turismo y Artesanía, un documental ficcionado sobre las aventuras toledanas de la Orden. Cabe esperar mucho de este proyecto pues Jesús gozó de la mayor afección de don Luis y compartió la pasión toledana del maestro de Calanda. Además presenció, en teoría, el plano «del millón de dólares»·: aquel en que Catherine Deneuve se despoja de la bata y descubre su blanquísimo busto. Lo que del guión he podido conocer es verdaderamente sólido y prometedor. La cámara HD de este vallecano universal con raíces calatraveñas nos trasladará sin duda al otro lado del espejo, allá donde espectrales niños cantan las cuentas de multiplicar y un embozado iluminado y beodo ciñe una corona de farsa sobre una calavera…n


