Miércoles
, 24-02-10
EL espectáculo servido por Televisión Española la noche del pasado lunes ha de llevar a sus responsables, cuando menos, a reflexionar sobre el modelo de entretenimiento de la emisora pública en su nueva etapa. La impresentable y degradante actuación de uno de los aspirantes a representar a RTVE en el Festival de Eurovisión -un conocido y previsible personaje del submundo de internet- habría provocado la inmediata dimisión del responsable de cualquier cadena pública de nuestro entorno, cuya función de genuino servicio público las mantiene al margen de fenómenos que el espectador español quizá se haya habituado a observar en algunos canales privados, pero que nunca debieran cruzar la línea roja que debe separar el mercado del sensacionalismo y la barbarie de una televisión financiada por los ciudadanos para ofertar productos alternativos al ocio comercial y mínimamente éticos.
Televisión Española sabía a lo que se exponía al abrir sus estudios a un individuo como John Cobra, a quien no sólo invitó a cantar: los responsables de la cadena mantuvieron durante más de seis minutos la señal del que quizá sea el espectáculo más zafio jamás programado por el canal estatal. Su protagonista debería haber abandonado de inmediato el plató de una gala que, en el peor de los casos, tendría que haber sido interrumpida, y no como ejercicio de censura, sino por simple responsabilidad. La presunta y falsa «democratización» del proceso de selección del representante de RTVE en Eurovisión ha llevado a la corporación estatal a amparar y promocionar en los últimos años a una esperpéntica galería de personajes, decididos a aprovechar el tirón del certamen para salir de un gueto rentabilizado interesadamente por los responsables de la cadena. Pese al silencio del Ministerio de Bibiana Aído y de representantes de los nuevos derechos sociales tan activos como Pedro Zerolo, la bochornosa e hiriente actuación de John Cobra -alentada y luego consentida por le emisora de Prado del Rey- marca el enésimo hito en un proceso de perversión televisiva del que TVE debería quedar al margen, más aún en su nueva etapa. La gala del pasado lunes no tiene pase, ni siquiera como documento de la degradación social que de forma irresponsable refleja y comercializa la pantalla.

