Diversos lugares de esta tierra y sus personajes dejarían una impronta extraordinaria en el poeta oriolano
Castilla-La Mancha en Miguel Hernández
Actualizado Martes , 23-02-10 a las 22 : 12
Todos los centenarios son pródigos en revisiones. Miguel Hernández, de cuyo nacimiento se cumplen cien años en 2010, es una de esas extrañas –por inhabituales– figuras que despiertan un interés análogo en el ámbito de la cultura de masas y en quienes se entregan al estudio del canon literario. Parece comúnmente aceptada la percepción del poeta pastor, sin formación reglada, que acrisola su educación poética y conforma su personalidad y su pensamiento en la lectura y en el contacto con figuras de indudable peso estético, que le infundieron el embrión de su poética, y que prologaron o contribuyeron a propiciar una serie de avatares vitales con importantes ecos en su obra. Esa interacción entre lo vital y lo ficcional ha construido el mito hernandiano. Desde este postulado, sostenido Por la Academia y por la ciudad, en plena corriente de revisión de su vida y de su obra, que habrá de ayudar a esclarecer un poco más cómo se gesta la leyenda del poeta cordial y del gran creador lírico, nos preguntamos qué aportó a Miguel Hernández lo que hoy es Castilla-La Mancha. La respuesta a ese interrogante muestra una serie de localizaciones y de personas que dejarían una impronta extraordinaria en el creador oriolano.
EPISODIO EN ALCÁZAR DE SAN JUAN. Mucho se ha escrito acerca del fatum trágico de Miguel Hernández, con presencia recurrente en sus versos. Entre los acontecimientos vitales que ilustran ese destino fatal, existe uno que, sin trascender la categoría de la anécdota, parece anticipar, grotescamente, su detención primero y su reclusión después como marco de una muerte prematura. Nos referimos al hecho de que fuera detenido el día 16 de mayo de 1932 en Alcázar de San Juan por la Guardia Civil, en un viaje en tren en el que portaba identificación falsa, con un billete expedido a nombre de Alfredo Serna y cédula de identidad a nombre de Augusto Pescador. El incidente se resuelve tras el envío de un telegrama a Ramón Sijé, del que no recibe respuesta, y al que le sigue una carta en que le solicita 60 pesetas que le fueron remitidas por el amigo. Logra salir de la cárcel el miércoles día 19, para llegar a Orihuela el día 22 de mayo.
TALAVERA DE LA REINA. Entre las personas que, de manera directa e indirecta, influyeron en su vida, fundamental fue la amistad de Miguel Hernández con el escultor talaverano Víctor González Gil, no solo por su personalidad y talento, ni exclusivamente por el hecho de que fuera editor de la revista Rumbos –nacida en Talavera el 15 de mayo de 1935 como una «revista mensual de las artes y de la vida»- donde el propio Miguel publicara el poema «Pastora de mis besos» (Rumbos, nº2, 15 de junio de 1935), sino, sobre todo, porque González Gil fue el punto de filiación entre el poeta oriolano y los artistas de la Escuela de Vallecas, capitales en el proceso de maduración estética del poeta.
Talavera fue, para Miguel Hernández, tanto espacio de aprendizaje y de evolución personal como ámbito de proyección de su propia vena poética sobre otros jóvenes creadores: en el número 4 de Rumbos (1935), encontramos una nómina de colaboradores entre los que figura un jovencísimo Rafael Morales –16 años-, autor de algunos poemas, recogidos en el citado número de Rumbos con un claro eco hernandiano, que se haría ostensible, desde el propio título, en su primer gran poemario: Poemas del toro (1943).
LA ESCUELA DE VALLECAS. Como ya hemos adelantado, fue González Gil, hombre muy respetado en los círculos artísticos del Madrid de los 30, asiduo contertulio del Café Pombo, quien pondría en contacto a Miguel Hernández con creadores de la talla de Benjamín Palencia (Barrax, 1894), Alberto Sánchez (Toledo, 1895) o Miguel Prieto (Almodóvar del Campo, 1907). Fue en diciembre de 1934, en el cuarto viaje a Madrid de Miguel Hernández -en el capítulo esencial de su evolución poética que supuso el primer contacto con Gómez de la Serna, y el afianzamiento de su relación con Neruda, con Lorca o con Bergamín-, cuando Miguel es presentado a Benjamín Palencia, quien provocó honda sugestión en el poeta alicantino. De regreso a Orihuela, Miguel envía una carta a Palencia extraordinariamente reveladora del influjo ejercido sobre él por el gran pintor de Barrax, en la que le da noticia de hallarse concluyendo «(…) un libro como tú me pedías, de pájaros, corderos, piedras, cardos, aires y almendros»; se trata de El silbo vulnerado, que el propio Palencia se había comprometido a ilustrar si Miguel encontraba editor. Es igualmente significativo el testimonio escrito que dejó Alberto Sánchez, donde el gran escultor toledano relata por extenso el primer contacto con Miguel, a quien fue presentado por José Bergamín, y, desde entonces, los proverbiales paseos de ambos dados por los campos de Vallecas, hasta el cerro Almodóvar, itinerarios donde fraguó una amistad y una estética en que la ruralidad, la fusión del hombre y el medio, adquirió, para Miguel, una dignidad lírica que sirvió de contrapunto al desdén que había sufrido por parte de poetas, digamos «urbanos», como García Lorca.
Estamos en los compases finales de una poética en que lo telúrico y lo astral cejaban en su gongorismo inicial para transmutarse en una «poesía impura como un traje», de acuerdo con la formulación nerudiana, que sería vehículo para el irracionalismo poético de El rayo que no cesa, poesía del absoluto, pero también para una poesía posterior, de compromiso, de coyuntura y de guerra.
LAS MISIONES PEDAGÓGICAS. En ese avance hacia la poesía comprometida, de ilusión enardecida y, más tarde, de desarraigo y ausencia, sería importantísimo el conocimiento de las Misiones Pedagógicas por parte de Miguel Hernández. Comienza a prender en él la idea de hacer de la educación y de la cultura el germen del cambio social. Recordemos que, en la España de su tiempo, la desigualdad, el analfabetismo y la miseria constituían partes de una realidad de la que Miguel, que tantas veces había unido, a su nombre, la filiación «pastor de Orihuela», había sido víctima por su anhelo insatisfecho de formarse, de aprender, de estudiar. Es ahí donde radica su incorporación al proyecto, que le llevaría a recorrer, junto con el incansable Enrique Azcoaga, la provincia de Ciudad Real.
De camino estas tierras (1936), Miguel conoció a Carmen Pastrana, maestra en Mestanza (Ciudad Real), a la que dedicó un soneto, que ella conservaba manuscrito a lápiz que todavía hoy suscita una controversia crítica no resuelta. La huella guadalajareña en Miguel Hernández tiene, al menos, dos nombres: José Herrera Petere, en la poesía de guerra; Antonio Buero Vallejo, en el periodo del confinamiento carcelario.
GUERRA Y POESÍA. Es difícil fijar la fecha exacta del primer contacto entre Miguel Hernández y José Herrera Petere (Guadalajara, 1909). No lo es tanto establecer la convergencia de ambos en el Quinto Regimiento, donde se atestigua su intensa actividad literaria con poemas de arenga y con visitas conjuntas de las que tenemos referencias tan valiosas como las de Enrique Líster, y de las viudas de los poetas, Josefina Manresa y Carmen Herrera, que coinciden en señalar la «cordialidad» que los vinculaba, y el paralelismo de sus itinerarios vitales en los primeros años de la contienda, hasta el punto de que, en un descanso concedido a finales de febrero de 1937, ambos creadores aprovecharon la circunstancia para contraer matrimonio con sus novias respectivas.
CÁRCEL, MUERTE Y MEMORIA. Concluida la Guerra Civil, Miguel Hernández es víctima, una vez más, de su proverbial infortunio. El 3 de diciembre de 1939 ingresa en la madrileña cárcel de la Plaza de Conde de Toreno, la novena de su periplo de reclusiones. Será en este confinamiento donde se reencontrará con el otro gran guadalajareño que se cruzaría en su vida: Antonio Buero Vallejo. Buero había coincidido, durante la guerra, con Miguel Hernández en Benicassim, en un hospital de campaña, donde el dramaturgo lo recordaba así: «Al campesino, analfabeto o de cultura muy primaria, no le interesaba demasiado quiénes eran los grandes poetas del momento (…). Ahora bien, cuando Miguel les leía unos poemas en las trincheras, les encantaba y se emocionaban (…)». Fue en la cárcel de Conde de Toreno donde Buero pintó su famoso retrato de Miguel Hernández: «En esta prisión fue donde hice mis primeros retratos carcelarios. Me dedicaba a retratar las caras que me parecían más interesantes. Con mucha mayor razón la de Miguel; sabiendo quién era Miguel, era un retrato que no se podía excusar».
Aún quedaría tiempo para que, en su corta, pero intensísima vida, Miguel Hernández fuera trasladado el 28 de noviembre de 1940, al Reformatorio de Adultos de Ocaña, donde tras experimentar la cuarentena (un periodo de incomunicación que se prolongaría hasta el 23 de diciembre), podría ver mitigada su angustia por el reencuentro con viejos colegas que llegaron incluso a agasajarlo con una comida-homenaje.
Conocidas son las luctuosas circunstancias que precedieron al final de Miguel Hernández. Quienes pensamos que el olvido es una dimensión de la muerte, erigimos la memoria como digno intento de contrarrestarla. Castilla-La Mancha, escenario geográfico y humano de tantas vivencias del poeta, le debe un recuerdo emocionado para darle la fortuna de la que careció en vida.
Es necesaria la revisión de su figura y la profundización en ella; lo argumentamos con algunas palabras más de Antonio Buero Vallejo: «Es un poeta necesario, eso que muy pocos poetas, incluso grandes poetas, logran ser. La más honda intuición de la vida, del amor y de la muerte brota de su fuente como de otras fuentes sin las que no podíamos pasar y que se llaman Manrique, San Juan de la Cruz, Fray Luis o Machado».

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