El Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid desvelan en una exposición el papel decisivo que jugó el maestro impresionista en el desarrollo de la modernidad

Una mujer pasa ante «Sin título», de Rothko (a la izquierda), que cuelga junto a «Marina, efecto nocturno», de Monet / REUTERS
Sábado
, 20-02-10
En 1883 Claude Monet se instala en Giverny, un pequeño pueblo al norte de París, donde alquiló una casa que más tarde compraría, junto al terreno anexo. Amplió el jardín con flores y árboles de todo tipo, un estanque de nenúfares, y levantó un puente japonés. Creó un microcosmos. Y lo hizo tan sólo para poder pintarlo. Allí pasó los últimos 20 años de su vida, pintando su pequeño universo, y allí murió en 1926. Hoy es centro de peregrinación de la inmensa legión de seguidores que tiene, igual que Auvers-sur-Oise lo es para los amantes de Van Gogh.
Por increíble que parezca, no siempre ha despertado ese último periodo de Monet la misma admiración. Tras años de éxito, su pintura tardía pasó de moda; vivió su particular purgatorio, porque se le consideraba un pintor blando, confuso, kitsch..., apunta Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen. A las vanguardias históricas no les interesaba; el rey indiscutible era Cézanne. Hasta que, tras la II Guerra Mundial, informalistas europeos y expresionistas abstractos norteamericanos redescubrieron a Monet como el profeta de la modernidad. Sus hoy codiciadísimos Nenúfares no se vendieron hasta los años 50.
Precisamente, lo que hace la presente exposición es poner cara a cara a Monet con sus rescatadores. Que el público adora a Monet es evidente (el Grand Palais le dedicará una gran retrospectiva a final de año). La abstracción también tiene adeptos, pero es un tipo de pintura que cuesta más entender al gran público. «Hay que darle al público lo que ama, pero también «problemas»», dice Solana. «En esta exposición veremos cómo a través de Monet se puede comprender el arte abstracto y viceversa. Será una revelación en dos direcciones», añade Paloma Alarcó, comisaria de la exposición, que, después de tres años enfrascada en el proyecto, se siente satisfecha. No es para menos, ha hecho un trabajo excelente. Y eso que ha habido no pocos escollos. El último, la climatología adversa, que hasta hizo retrasar la presentación, pues faltaban obras por llegar.
Una nueva mirada
Mirar a Monet y a la abstracción con otros ojos, de otra manera, es el objetivo de esta exposición, que tiene dos sedes: el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid. En la primera, Alarcó ha planteado diálogos visuales apasionantes. Desde el que mantiene Monet con Turner al comienzo de la muestra (un duelo de bellísimas brumas, esas nieblas que convierten todo en nada), al emocionante enfrentamiento entre Monet y Rothko en torno a los efectos de luz: unos acantilados y una puesta de sol del francés frente a una composición dorada y magenta del americano.
Impresionante también la galería de nenúfares reunida en una sala (siete), préstamos de la Fundación Beyeler, el Metropolitan o el Marmottan de París, museo que ha cedido buena parte de las obras y adonde irá una versión reducida de la muestra. Aún restan más diálogos de interés, como los que mantiene Monet con Pollock y, sobre todo, con Cy Twombly. Todo ello, reforzado con el montaje: cada sala cuenta con una pared pintada de un color muy vivo, simulando los montajes que hacían los impresionistas en sus exposiciones.
Pero si la relación de Rothko, Pollock, De Kooning o Twombly con Monet es intuida, la que mantiene este artista con otra generación de artistas más jóvenes es consciente. Todos ellos peregrinaron a Giverny en busca de Monet. Hablamos de Joan Mitchell, Sam Francis y Ellsworth Kelly, primero, y Richter, Ryman, Vieira da Silva o Nicolas de Staël, después, siguiendo su estela. Estos nuevos diálogos se muestran en la Fundación Caja Madrid, donde se recrea el célebre jardín de Giverny (una sala reúne fotografías del artista en aquella casa y su jardín retratado por Cartier-Bresson). Monet fue un gran experimentador y, al igual que los pintores abstractos, mantuvo una intensa lucha contra el lienzo. Fue el impresionista más abstracto. Ahí radica buena parte de su magia inmortal.


