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Actualizado Miércoles , 17-02-10 a las 17 : 18
No hay territorios prohibidos en el trabajo de Thomas Schütte, artista prolífico donde los haya. Basta con recorrer la retrospectiva que le dedica el Museo Reina Sofía para comprobar que nada le es ajeno al artista alemán: en sus 35 años de carrera no hay disciplina, técnica, estilo y material que no haya abordado. Le interesan la arquitectura, la decoración, el diseño, el dibujo, la fotografía, la escultura clásica... Emplea resinas, papel, madera, aluminio, bronce, cerámica... La comisaria, Lynne Cooke, ha titulado la muestra «Retrospección», porque, en su opinión, Schütte mira atrás para avanzar hacia el futuro.
Si no nos avisaran las cartelas del museo, más que una monográfica de un artista el visitante creería que está viendo una muestra colectiva. No hay uno, sino muchos Schütte: el de los perros kitsch, el de las figuras de aluminio, el de las cabezas romanas, el de las sandías, el de las maquetas arquitectónicas, el de las paredes de ladrillos, el de las esculturas clásicas de mujeres recostadas, el de los enemigos mutilados, el del colorista hotel para pájaros... Hay tradición y ruptura, hay academicismo y subversión. Pura esquizofrenia creativa. Un punto fuerte (su evolución e innovación constantes) que en parte se vuelve contra él, pues su trabajo adolece de cierta coherencia. El que mucho abarca... dice el refranero español. Muchas de sus obras crees ya haberlas visto antes. Recuerdan a Maillol, Rodin, Bourgeois, Moore, Gargallo, Tony Cragg...
Conexiones españolasComo ya ocurriera en la gran exposición que el CARS le dedicó a Juan Muñoz, las 75 piezas que conforman la muestra de Schütte se dispersan por todo el museo: salas (A1, Espacio Uno, protocolo), el jardín, el claustro, los pasillos... Y no es la única conexión con el artista español. Curiosamente, ambos se conocieron en el Reina Sofía a finales de los 80. Salvando las distancias, los trabajos de ambos tienen un carácter marcadamente teatral y en ellos están muy presentes el humor y la ironía.
La muestra arranca con las primeras obras de Thomas Schütte (Oldenburg, Alemania, 1954) en los años 70, que hizo siendo estudiante (trabajó en el estudio de Richter). Deambulando por el Reina Sofía vamos descubriendo sus grandes espíritus de aluminio pulido, sus bustos de gran formato en cerámica, que recrean esculturas romanas... Las mujeres recostadas del jardín, dicen, han enojado a las feministas. No entendemos por qué. Él, por si acaso, dice que si tiene que pedir perdón, lo pide. Se pregunta en una instalación dónde está la tumba de Hitler y nos topamos con la propia tumba del artista. Schütte la creó en 1981: en la lápida consta como fecha de su muerte el 25 de marzo de 1996; afortunadamente, la videncia no es lo suyo. El director del museo, Manuel Borja-Villel, advierte que este artista de referencia, «radicalmente ambiguo, dialoga con el espectador, al que deja perplejo». Para Schütte, «el arte es una de las pocas cosas a las que no se ha perdido el respeto en los últimos años».
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