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Lunes , 15-02-10
PUNTO DE FUGA
CUENTAN que en la década de los treinta, el verbo «escribir» cambió su significado primigenio en ruso. Durante aquella época, la de las grandes purgas, decir de alguien que escribía pasó a denotar que redactaba denuncias anónimas a la Checa contra sus compañeros de trabajo, vecinos de escalera, amigos o conocidos. «Era muy fácil cargarse a un hombre -relata Vasili Grossman en «Vida y destino»-: bastaba con escribir una denuncia; ni siquiera había que firmarla.» En tiempos de las colectivizaciones, pues, «escribir» se convirtió en un ejercicio de «asesinato por difamación», según acerada definición de Solzhenitsyn.
Por eso la náusea moral que desatan en cualquier conciencia decente las doctrinas mesiánicas, todas, una vez asentadas en el poder. Una repugnancia que surge no de certificar su ecuménica vocación liberticida -que también-, sino de esa capacidad tan suya para aflorar lo más abyecto, lo más ruin, lo más despreciable de la naturaleza humana. Y es que lo peor de Stalin fueron los cientos de pequeños Stalines que nacieron bajo su ubicua sombra en cada rincón de la URSS. Lo mismo que ocurre entre nosotros, aunque a escala liliputiense, con esos clones nacional-sociolisgüistas de don José que, orgullosos de sus miserias civiles, comienzan a emerger a la luz.
Minúsculos despojos éticos como el tal Santiago Espot, un chivato compulsivo que gallea de haber delatado a tres mil conciudadanos por el delito de lesa lengua propia en rótulos, cartas y pizarrines. Así, al modo del padrecito Stalin, don José también ha sabido galvanizar en auxilio de su causa a las heces de la sociedad catalana. Al cabo, el patriota Espot no deja de encarnar el muy cutre «remake» doméstico de la legendaria camarada Nikolaenko, célebre azote de Kiev durante el Terror. Más de ocho mil habitantes de esa ciudad acabarían fusilados bajo la acusación de «espías fascistas» merced al incansable ahínco delator de aquella mujer. Al punto de que las aceras se vaciaban en segundos cuando Nikolaenko daba en salir a la calle para su cotidiano paseo de inspección. Hasta que en mala hora se le ocurrió denunciar a Jrushov por «burgués contrarrevolucionario» y su esforzada carrera terminó de golpe.
En fin, igual que el patriota Espot, un fracasado que lleva lustros coleccionando actas de embargo de Hacienda y la Seguridad Social, también la camarada Nikolaenko yacía muy abajo. He ahí la prueba de que Marx se equivocó: el motor de la historia, de estas historias, no es la lucha de clases, sino el resentimiento social. Don José, un autodidacta intuitivo como su tocayo georgiano, lo sabe bien. Razón de su empeño en que sigan activos esos fétidos albañales, las Oficinas de Delación Lingüística.
¿Mas para cuándo, president, una estatua del patriota Espot en cada capital de veguería, al modo de las que llenaron Rusia con el busto de Pavlik Morozov, ya sabe, el mítico niño que denunció e hizo ejecutar a sus padres por «kulaks»?
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