Martin Wolf
Jefe de opinión del «Financial Times». Durante diez años trabajó como economista en el Banco Mundial. Desde 1996 compagina en el «FT» los cargos de jefe de opinión y adjunto al director. Es un asiduo de Davos y adalid del libre mercado
John Micklethwait
Director de «The Economist» desde 2006. Trabajó dos años en banca hasta que en 1987 entró en la revista. Ha sido corresponsal en varias ciudades de EE.UU. y después director de la edición para ese país
Lionel Barber
Director del «Financial Times» desde 2005. Dirigió la edición del «FT» para Estados Unidos y antes la de Europa continental. Su previa experiencia como corresponsal también se reparte entre Bruselas y Washington. El propio Bush le eligió para que le informara de asuntos europeos
Actualizado
Domingo
, 14-02-10 a las 19
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«La controversia es buena», cree el director de «The Economist», John Micklethwait. «La reacción de la gente ante la crítica dice mucho más sobre ellos que sobre nosotros». Lo dijo en una entrevista con ABC a raíz de un dossier publicado por su revista en el que se criticaba el nacionalismo catalán. Aquella información provocó llamadas de la Generalitat a la sede londinense del semanario, mientras en el Gobierno algunos aplaudían. Ahora es éste el que llama a las puertas de «The Economist» y del «Financial Times».
Ambas publicaciones saben de su poder (el primero cuenta con una difusión de 420.000 ejemplares diarios en todo el mundo, el segundo vende 1,3 millones de copias cada semana y los dos tienen unas ediciones digitales de gran influencia), pero se sorprenden del eco que sus artículos encuentran entre la prensa española.
Hasta el punto de no entender el interés mediático que tuvo el lunes la visita de la vicepresidenta económica del Gobierno español, Elena Salgado, a la sede del «FT». «¿Cómo es posible que la visita a unos periodistas sea algo noticioso?», se pregunta James Mackintosh, columnista de ese rotativo.
Hasta el punto de no entender el interés mediático que tuvo el lunes la visita de la vicepresidenta económica del Gobierno español, Elena Salgado, a la sede del «FT». «¿Cómo es posible que la visita a unos periodistas sea algo noticioso?», se pregunta James Mackintosh, columnista de ese rotativo.
Un encuentro previo días antes con los directivos y comentaristas de «The Economist» tuvo un perfil más bajo, al no estar presente la titular de Economía, pero la llegada de ésta el lunes con dos equipos de televisión esperándola a la puerta del «Financial Times» maravilló a Mackintosh y otros colegas suyos. Para evitar a los periodistas, el coche de la Embajada buscó un acceso trasero, lo que forzó unas carreras de los cámaras para tomar las imágenes y añadió dramatismo informativo a la cita.
Si el encuentro estuvo bien preparado, Salgado debió conocer allí a dos personas clave: Lionel Barber, director del «FT», y Martin Wolf, adjunto al director y jefe de opinión. Ambos, como John Micklethwait, estudiaron en Oxford, tienen un gran conocimiento internacional, dominan varios idiomas y forman parte de la aristocracia de la prensa británica.
Barber, de 54 años, llegó al frente del periódico en 2005. Previamente dirigió la edición de EE.UU. y antes la destinada a Europa continental. Durante seis años fue el jefe de la oficina en Bruselas (1992-1998) y durante otros seis de la de Washington (1986-1992). La experiencia en la UE le convirtió en un conocedor interno del laberinto europeo, y con él al frente el «FT» se ha mantenido como el diario británico más proeuropeo. Cuando en 2001 Bush programó su primer viaje a Europa, la Casa Blanca invitó a Barber para que informara al presidente estadounidense sobre asuntos europeos.
Martin Wolf, de 63 años, inició su carrera no en el periodismo sino en el Banco Mundial, donde entró en 1971 en un programa para jóvenes profesionales y trabajó como economista durante diez años. En 1981 pasó a formar parte de la dirección del Trade Policy Research Centre, organismo con sede en Londres para la elaboración de informes económicos. Con todo ese bagaje, Wolf fue fichado por el «Financial Times» en 1987. En 1990 fue nombrado adjunto al director y seis años después añadió a ese cargo el de jefe de opinión.
A Wolf, un asiduo participante en las citas anuales de Davos y Bilderberg, no se le conoce especial inquina hacia el euro. Tampoco en sus libros «Why Globalization Works» y «Fixing Global Finance» se aportan tesis que pudieran justificar un alineamiento con conspiraciones contra el éxito de la moneda única europa. Otro asunto es que, como esta semana exponía en su columna, sea un adalid del libre mercado. Siempre alerta ante las actitudes de ciertos líderes europeos que, como Zapatero, con la coartada de salvar al euro podrían encubrir un mayor intervencionismo estatal a lo largo y ancho de la UE.
En opinión de David Rennie, esa es la única «conspiración» que existe. Rennie es el periodista responsable de «Charlemagne», la página que «The Economist» publica cada semana sobre la situación en la UE. Recuerda Rennie que, cuando Zapatero denuncia una conspiración, «quiere decir que los especuladores están atacando España y el euro para bloquear movimientos hacia una regulación más dura de los mercados». Y sentencia: «Creo que el señor Zapatero está reflejando una visión global que ve la eurozona como base de operaciones de Estados con mentalidad intervencionista en su misión para retar la arrogancia del poder del mercado».
Rennie no es euroescéptico. Habla francés y castellano, además de entenderse en mandarín. En «The Daily Telegraph», fue corresponsal en Sidney, Pekín, Washington y Bruselas, ciudad en la que desde 2007 trabaja para «The Economist». Ironías biográficas hacen que el hijo de un ex director del MI6, los servicios secretos británicos, a quien sólo se le conocía como «C», esconda ahora su nombre tras el pseudónimo de Charlemagne, en una revista cuyos artículos no van firmados.
Al no haber firmas, existe una mayor obligación de los editores por unificar los conceptos de fondo y estilo de los artículos. «The Economist», de acuerdo con su director, «es una especie de organización comunal», donde importa la marca y sigue vigente el espíritu fundacional de 1843: «Los principios del libre mercado serán aplicados de la forma más rígida a todas las cuestiones importantes del día». De ahí la dificultad de convencer a Micklethwait o Rennie de determinados puntos de vista, como reconoce algún emisario de Madrid que intentó contactar con la publicación recientemente, porque al final se trata de una unidad de mensaje con muchas cabezas.
En todo caso, «The Economist», al vender medio millón de ejemplares en EE.UU., está obligado a tener «un punto de vista global». «Creo que no podemos ser acusados de tener un punto de vista británico», dice su director.
Micklethwait, de 47 años, trabajó en Chase Manhattan Bank antes de incorporarse en 1987 a «The Economist». Se encargó de la sección de negocios durante cuatro años y luego trabajó en Nueva York, Washington y Los Angeles. Hasta 2006, cuando fue nombrado director de la revista, dirigió la edición para EE.UU., país que conoce muy bien, como se refleja en varios de sus libros, entre ellos «The Right Nation: A Study of Conservatism in America». Zapatero es como Obama, dijo en la última entrevista con ABC, «una figura política muy errática».



