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Miércoles , 10-02-10
Rodrigo Rato tiene hoy cita con Elena Salgado. El recién estrenado presidente de Caja Madrid volverá a la Real Casa de la Aduana, sede del Ministerio de Economía y Hacienda, donde cosechó los mejores logros de la era Aznar que le hicieron acreedor al llamado milagro económico de finales del pasado siglo.
Si es verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor, lo peor es que los días de vino y rosas quedan ahora demasiado lejos porque todo ha cambiado demasiado pronto y nada hace pensar en un arreglo rápido de la situación, salvado sea en su parte el optimismo con que se maneja Zapatero.
El presidente ha vuelto a sorprender a propios y extraños con un incremento de la prestación asistencial por desempleo, justo un día después de que José Manuel Campa se dejase la cara ante los inversores internacionales garantizando que España es capaz de contener su endiablado gasto público. La prueba esgrimida desde Alcalá, 9 reside simplemente en la experiencia de que España ya ha pasado por ese trance.
«Nosotros podemos hacerlo porque ya lo hemos hecho antes, lo que demuestra la calidad de las finanzas públicas y el éxito de nuestra disciplina fiscal», aseguraba el secretario de Estado de Economía en su presentación ante la City. Lo que no decía el power point oficial era el secreto del ajuste que Elena Salgado tratará de arrancar a Rodrigo Rato apelando a esa condición de hombre de Estado que siempre ha dignificado la pose del antiguo director gerente del Fondo Monetario Internacional.
El aclamado presidente de Caja Madrid seguro que tiene asuntos más particulares que tratar. Incluyendo la apelación de su entidad al FROB como piedra de toque para satisfacer los planes del Banco de España en el proceso de consolidación de cajas de ahorros. Pero si la vicepresidenta pide árnica como es lo suyo, Rato siempre le podrá contar aquella vieja anécdota con la que resumía a sus colaboradores las batallas por los dineros dentro del Consejo de Ministros: «Queridos, traigo una noticia buena y una mala. La mala es que tenemos a todos los ministros en contra. La buena es que el presidente está de nuestro lado». Así cualquiera, que diría Elena Salgado.
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