El viernes arrancan los Juegos Olímpicos de invierno, un acontecimiento en donde apenas hay páginas de gloria del deporte español salvo las gestas de Paco y Blanca Fernández-Ochoa. En Canadá, la delegación nacional irá a aprender, ya que tiene muy pocas opciones de medalla
Un puñado de españoles, casi todos anónimos, desfilarán el viernes en la ceremonia de inauguración de los XXI Juegos Olímpicos de invierno, acontecimiento prácticamente desconocido para el pueblo y que se celebra en Vancouver hasta el próximo 28 de febrero. España se adentra de nuevo en lo desconocido con 18 deportistas que se ganan la vida, por así decirlo, a la sombra de los Gasol, Nadal, Alonso, Casillas y compañía, 18 deportistas que se salen del guión y buscan un trocito de gloria entre la nieve y el hielo, superficies poco concurridas por cualquier niño que de mayor quiere ser una estrella mediática.
Cambia inevitablemente el mundo y Vancouver, ciudad ubicada en el suroeste de la Columbia Británica, en Canadá, se frota los ojos ante una situación atípica. No hay nieve a primeros de febrero, el mercurio se ha disparado y ni siquiera la moderna maquinaria pudo fabricarla de modo artificial. La solución más sencilla fue transportarla desde otros lugares a Cypress Mountain en helicópteros y camiones. Con todo, serán los Juegos de invierno con mayor participación de la historia, con 2.600 deportistas de 90 países -2.508 de 80 en Turín- y los controles antidopaje (2.425) se doblarán para cazar a los tramposos. Los positivos fueron, lamentablemente, lo más comentado en las anteriores citas de Salt Lake City y Turín.
Dos medallas y una mancha
Ver la bandera española en una entrega de medallas durante los próximos días viene a ser un quimera. La delegación que abandera Queralt Castellet (snowboard) acude con la misión de aprender y dar un salto de calidad ahora que España tiene dos candidaturas en marcha -Barcelona-Pirineos y Zaragoza-Pirineos- para albergar los Juegos de 2022. No es el nuestro un país de deportes de invierno y lo evidencia el palmarés, que revela que sólo hay dos medallas en el museo. La primera fue de oro y la logró Paco Fernández-Ochoa en 1972 (Sapporo, Japón), mientras que su hermana Blanca alimentaba la leyenda familiar con un bronce en Albertville.
Luego llegaría el curioso caso de Muehlegg, que pasó del cariñoso Juanito al frío y distante Johan una vez se descubrió que sus éxitos en Salt Lake City bajo la bandera española estaban salpicados de darbopoyetina -logró tres oros en esquí de fondo que tuvo que devolver posteriormente-, una sustancia terminantemente prohibida.
De entre los desplazados a Vancouver, suena por encima de todos el nombre de María José Rienda, que suma sus quintos Juegos, toda una proeza. Aunque no es favorita, promete dar guerra después de que una triada en la rodilla derecha y una lesión posterior minara la progresión de esta esquiadora granadina. De este modo, la mencionada Queralt Castellet es la principal esperanza en el half pipe. Jordi Font (snowboard) asoma también entre las opciones y le avala el cuarto puesto en Turín en la prueba de boardercross. Del resto de la expedición, destaca la presencia de tres deportistas de hielo: Javier Fernández y Sonia Lafuente en patinaje artístico, y Ander Mirambell en skeleton.
Alemania domina
En Vancouver, Alemania vuelve a ser la candidata para dominar el medallero. Pretenden hacerle sombra Estados Unidos y Canadá, pero el país europeo es una potencia que tiene a estrellas en casi todas las especialiades.
Sin embargo, las principales atracciones de los Juegos tienen nombres y apellidos. Lindsey Vonn acapara todas las miradas en el esquí alpino. Estadounidense, atractiva y mediática, es la gran esperanza para su país, pendiente también de un Bode Miller que busca poner el broche de oro a su carrera.
En saltos de trampolín vuelve a dar la talla el suizo Simon Ammann, que tocó el cielo en Salt Lake City y recibió el apodo de Harry Potter por su parecido físico con el personaje de ficción. Tiene clavada la espina de Turín de hace cuatro años.





