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Territorio Barceló
Miquel Barceló, ayer junto a una de sus pinturas blancas, en la inauguración de la muestra
En la última sala de la exposición -sobre paredes rojo pasión- cuelga el retrato de un gorila. Ya estuvo en el pabellón español en la pasada Bienal de Venecia. Entonces nos explicaba Miquel Barceló que era un autorretrato; siempre se ha visto «muy animal» el mallorquín, quizá por esa costumbre suya de pintar «a cuatro patas» sobre el suelo. El título de tan «sui generis» autorretrato, «La solitude organisative» -creado sobre restos de la pintura que cayó de su polémica cúpula en Ginebra-, da título también a la exposición, que repasa un cuarto de siglo de trabajo (1983-2009) en CaixaForum Madrid. Nos da la bienvenida un enorme elefante haciendo el pino con la trompa.
Esta retrospectiva nos va adentrando, de la mano de Catherine Lampert, en los territorios por los que ha transitado Barceló en su ya larga carrera y, de paso, nos invita a captar las preocupaciones y obsesiones que envuelven la mente de uno de nuestros más internacionales creadores. Ahí está el mar (su mar de Felanitx), en grandes cuadros casi tridimensionales; también sus cerámicas (el Barceló más ancestral, pegado a la tierra) y sus acuarelas inéditas, que hacía febrilmente por la noche, inspirado por noticias que nunca quiso oír sobre Irak. También están sus obras sobre Malí y sus exquisitos cuadernos de trabajo (el mejor Barceló, sin duda, el más auténtico); sus frutas (mango y papaya) tan eróticas; sus codiciados cuadros blancos, en los que huye del exceso...
Uno de sus primeros paisajes (de pequeño formato e inédito) cuelga junto a un cuadro reciente, de gran tamaño, protagonizado por maduros tomates que explotan. En una sala de montaje marcadamente teatral se exhibe su particular galería de horrores: animales crucificados, fruto de su reverencia por el arte de las cuevas rupestres; cráneos, pulpos gigantes, el mar antes de la tormenta... y Lenin, Marx y Engels, juntos y fundidos en bronce.
No falta un homenaje a los libros, compañeros de viaje de los que Barceló nunca se separa, ni retratos de personas conocidas (Bischofberger, Dore Ashton, John Berger) y desconocidas (sus amigos africanos), Y, cómo no, están sus autorretratos. No sólo se pinta como un gorila, también con espinas en la cabeza o desnudo en su estudio, en plena excitación artística («L´amour fou»). Barceló nos deja entrar en el laboratorio donde bulle su proceso creativo.
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