El cabrero Ángel Núñez trabaja en la explotación caprina que regenta en Riotinto (Huelva). Allí se desarrolla un proyecto municipal con el que se pretende modernizar y rentabilizar su oficio mediante una oferta formativa continua que persigue también acabar con la economía sumergida con la que sobreviven en la zona.
Cristina Martínez y Borja Toyós son dueños de una explotación ganadera en Ucieda, Cantabria. Las dimensiones de su terreno y los 120 animales que tienen a su cuidado les ha hecho depender de trabajadores desde siempre. Si bien estos ganaderos han visto en primera fila la transición en sus asalariados desde el «boom» inmobiliario hasta el «crack» bursátil. «Teníamos a un jornalero español desde hacía siete años. Cuando comenzó el esplendor inmobiliario se marchó a la construcción».
Se quedaron solos. Durante tres meses no encontraban a nadie que les ayudara en su faenar. «Recuerdo que fui al Inem para pedir un trabajador agrario y se rieron de mí. Me dijeron: «¿Usted en qué país vive, señora?». Dejó sus datos, pero nadie se interesó. Al final se pusieron en contacto con una asociación de inmigrantes y contrataron, primero a una familia rumana y, desde hace casi dos años, a una familia búlgara. Les supuso una inversión extra: construir una casa donde residieran los extranjeros. «Todos vivían lejos y no podían venir hasta este pueblo».
Pero la crisis cambió las reglas del juego. «Hace poco nos vino pidiendo trabajo el hombre que estuvo con nosotros siete años. También gente del pueblo. Todos casos sangrantes, con familia a su cargo y de elevada edad», comenta Cristina.
Los búlgaros que trabajan en la explotación de este matrimonio cántabro disponen de casa, gastos pagados y un sueldo que ronda los 1.800 euros mensuales; un lujo para aquellos que no encuentran salida por ninguna vía. Hasta diez personas llegan a pasar por casa de los ganaderos en busca de trabajo. La respuesta se repite una y otra vez: «Está ocupado».
Los efectos de la crisis también se perciben en los puestos que hace unos años eran considerados como temporales. Ahora son una forma de consolidar un trabajo. Es el caso del oficio de croupier, que durante 2008 y 2009 se incluía en el catálogo de de ocupaciones de difícil cobertura.
Pablo Serrano, de 26 años, ingresó en 2009 en la modalidad de póquer en el Casino Gran Madrid de Torrelodones. Este joven con idiomas compagina su carrera en Historia del Arte con este oficio a tiempo parcial. No en cuentra nada de su formación. «Me lo planteaba como algo temporal, pero si no encuentro algo de lo mío, me quedaré».