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Martes , 09-02-10
DE PROPIO
HAY que disfrutar de mucho tiempo libre para dedicarse a denunciar a todas aquellas tiendas que no rotulan sus reclamos o letreros en catalán y a eso es a lo que se dedica con un afán digno de mejores causas (cualquier otra sería mejor causa) el ciudadano Santiago Espot, quien por coherencia lo primero que debería hacer es denunciarse así mismo o a sus progenitores por haberle puesto semejante patronímico, nada menos que el del patrón de España. O como mínimo, pasarse una mañana por el registro civil y cambiarse el nombre por el de Jaume, el equivalente catalán de Santiago. Ocurrirá que no tiene complejo, porque si carece de escrúpulos a la hora de provocarle a un comerciante la molestia de una denuncia con el riesgo de la correspondiente multa por no poner un cartel en el idioma del «imperi» no le parecerá ni siquiera una contradicción andar por el mundo con un denei con el muy hispánico apelativo del santo matamoros, representado en iglesias, ermitas y catedrales espada en ristre a lomos de un alazán blanco. Ni siquiera habrá reparado, ni se lo habrá planteado tan sólo. Santiago le pusieron y Santiago se quedó, más ancho que pancho, con su libreta en la mano apuntando junto a seguidores y secuaces qué comercios se saltan la ley de normalización lingüística y qué otros cumplen a rajatabla con las leyes de la catalanidad que él mismo se pasa a la torera, uy perdón, por el arco del triunfo quería decir, con ese nombre tan y tan español.
El caso es que Espot, don Santiago, junto a los suyos,atiende en una organización denominada «Catalunya Acció» cuyos cometidos van desde organizar silbatinas al Rey -la de la final de Copa de Mestalla fue obra suya- hasta las peculiares labores de policía lingüística, cosa que demuestra, según ERC, la fortaleza de la sociedad civil, que ha pasado -es una generalización- de mostrar el platillo por las administraciones para arreglar el Palau de la Música y de paso el baño de la hija del señor Millet a delatar a quienes no observen un escrupuloso cumplimiento de las reglas lingüísticas. De seguir así, habrá quien nomine al ciudadano Santiago para los premios de «Catalán del año» por su contribución al uso social de la lengua. Para otros, el proceder de Espot es una muestra obvia de la degradación moral de un sector de la sociedad, afortunadamente minoritario, que pretende instalar en Cataluña una especie de paraíso catalanista que para el ochenta por ciento de la población no sería sino una pesadilla totalitaria presidida por un personaje muy parecido a Laporta o Carretero, con Espot, don Santiago, al frente de una conselleria de Cultura desde la que perseguir a quienes osaran hablar castellano.
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