PUNTO DE FUGA
EN «El Lexus y el olivo», cuenta Thomas Friedman, el del «New York Times», que la gasolinera que cae justo delante de la redacción central es un autoservicio. Uno mismo ha de echar mano de la manguera y también medir el nivel de los neumáticos, siempre sin perder de vista al mendigo que merodea en torno al coche con la mirada clavada en la guantera. No obstante, por el precio de un depósito en Japón, ahí pueden llenarse tres, aclara. Los surtidores alemanes, esos que habían servido de modelo al resto de los europeos, resultan casi tan caros como los japoneses, continúa. Pero, a diferencia de las sonrisas y atenciones que regalan los empleados vitalicios de Tokio, allí no proliferan los gestos afables. «Nuestro convenio establece que no estamos obligados a hacerlo», es la cantinela que el usuario escucha mentalmente antes de reclamar el menor servicio adicional.
Justo al lado de la entrada, añade, suele haber un cartel sindical exigiendo la jornada de treinta y cinco horas. No muy lejos, apostilla, en la biblioteca municipal, el hijo en paro del que lo colgó memoriza el temario de unas oposiciones con el sueño de pasar a engrosar la burocracia de la Generalitat de turno.
En fin, cuando Friedman se desplaza al Tercer Mundo aún se topa de vez en cuando con algún surtidor socialista. Resultan mucho más baratos, dice, aunque presentan un serio problema: casi nunca queda ni una gota de gasolina. Los funcionarios que los administran la venden en el mercado negro. Sus clientes son turistas europeos a los que hacen pagar precios europeos. Algunas veces, ellos, los visitantes, resultan ser refinados; la gasolina, jamás. Ocurre que lo que hay detrás de ese repentino interés de Friedman por las gasolineras es una autopista llamada globalización que se ha construido en un abrir y cerrar de ojos; tan rápido que todos los surtidores quedan ya en la misma ruta. De ahí que suceda lo que nadie había previsto: son los conductores los únicos que deciden en cuál van a repostar. Así de simple.
Una lección tan sencilla que el peor estudiante de economía no necesitaría ni siquiera dos tardes con tal de poderla asimilar. De todos modos, si algún país no llegase a entenderla, le suceda como en aquel cuento de Kafka en que los campesinos de las aldeas más remotas de China se suicidaban al saber de la muerte del Emperador cincuenta años después del suceso. Apenas con la única diferencia de que el óbito devendrá por muerte súbita y podría demorarse, como muy mucho, un quinquenio.
Porque, guste o no, los conductores hacen cola ante el surtidor norteamericano. Y quienes aspiren a sobrevivir deberán adoptar su forma de hacer las cosas. Aunque eso, más que cambiar el surtidor, exige modificar la mentalidad tanto de los que lo gestionan como de los que trabajan en él, una tarea infinita, incomparablemente más difícil. ¿O no, presidente?