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Rajoy cree que quien tiene que convocar elecciones es el presidente, pero él está preparado para gobernar. Además, aviso para navegantes, confiesa que su principal defecto es la excesiva paciencia
Actualizado Lunes , 08-02-10 a las 10 : 49
«Ahora, cuando llegue a casa, me cambio y otros tres cuartos de hora de marcha. Y no cenar, acuérdese de que la clave para mantenerse delgado está en no cenar». Pero quien le escucha le asegura que, aunque adelgace, no cenar es muy sacrificado. «Bueno —responde— eso es sólo los quince primeros días, luego ya por no tener no se tiene ni hambre». La sorna gallega tiene denominación de origen: Mariano Rajoy Brey (Santiago de Compostela, 1955) . Pero éste que se retratará aquí es un Rajoy en deportivas; que vuelve, sin americana, en AVE desde Sevilla a Madrid; que ríe a carcajadas contando cómo un día casi se mata en un helicóptero con Esperanza Aguirre; que intenta convencer a la periodista de que mejor cocido que el madrileño es el gallego —«casi te ponen la cabeza del cerdo en el plato»— y que reta a cualquiera —en auxilio de la compañera a la que siempre se le enfrenta— a que le transcriban una charla privada. A ver qué pasa, dice.
Son las diez de la mañana del último domingo de enero. Pero bien podría ser cualquier otro fin de semana del año. El líder de la oposición ha dormido en un hotel de la isla de La Cartuja, en Sevilla. De buena mañana y ante un café cortado, se encuentra con los dos redactores de ABC.
—Ayer sábado salí a las ocho y cuarto de la mañana de mi casa; fuí en coche a Badajoz y visité una fábrica de jamones, que es un sector muy importante, póngalo; luego, una convención programática del PP de Extremadura y, después, también en coche, hasta aquí. Y a las doce ya estaba en la cama...
Llamada a Esperanza Aguirre
El atropellado relato de Rajoy responde a que su jefa de Comunicación le ha explicado eficientemente que ABC busca entrometer dos pares de ojos en la vida de quien aspira a presidir el Gobierno de España.
—Bueno, señor Rajoy, iremos paso a paso. Lo primero es lo primero. ¿Ha hablado con Esperanza Aguirre después del «hijoputa»?
—No, pero la voy a llamar esta noche cuando llegue a casa.
—¿Para echarle un rapapolvo?
—No, sólo para hablar...
—Así que tiene que hablar con Aguirre de eso; y con Zapatero del «pensionazo»...
—Fíjese que con Zapatero no hablo desde que hace unas cuantas semanas me llamó para informarme del secuestro de los cooperantes en Malí...
—Y eso que todo el mundo dice que entre ustedes hubo un día no muy lejano en que las cosas estaban bien...
—Bueno, tenemos una relación correcta, pero nada más.
—¿Para usted el mejor interlocutor del Gobierno es José Blanco, como para la presidenta de Madrid?
—¡No! Yo con un señor que no hace más que insultarme no pienso hablar.
Rajoy suena firme hablando del ministro de Fomento y eso que esta mañana está relajado. La noche anterior, al llegar de Badajoz, salió a andar durante 45 minutos alrededor del hotel, cenó ligeramente en la habitación y vio fútbol. Bueno, fútbol no, corrige:
—Vi el Deportivo de La Coruña-Real Madrid.
—¿Y quién ganó?
—¿No me diga que no lo sabe? El Madrid. Y yo tenía el «corazón partío» porque justamente soy de los dos equipos. Luego hablé con mi mujer y a las doce, a la cama.
—¿Duerme bien a pesar de los disgustos que le dan?
—Toque madera, duermo como un lirón. Bueno, como un señor.
Y añade, entre risas:
—Incluso en los momentos de grandes emociones…
Las grandes emociones a las que se refiere Rajoy tienen nombre y apellidos: Manuel Pizarro, Esperanza Aguirre, Alberto Ruiz-Gallardón, Manuel Cobo, Ricardo Costa… Hace unos días, Rajoy ha vivido uno de esos «momentazos», cuando la presidenta fue grabada sin saberlo dedicando gruesas palabras a…
—¿Usted sabe a quién?
—Yo, ni idea. Yo ya soy muy mayor para hacer esos cálculos.
Lo cierto es que el 26 de enero, el interlocutor de ABC participó en un acto del brazo de Aguirre y Gallardón en lo que fue interpretado como la firma de un armisticio. La pregunta es si, con este desliz del micrófono, todo se ha ido al traste.
«La relación entre Aguirre y Gallardón está mejor de lo que se dice»
—Mire, yo sólo le deseo a usted que no le graben nunca una conversación privada.
—Usted sabe de lo que habla: ya le dieron un susto cuando se quejaba en privado el 11 de octubre de 2008 de que «mañana tengo el coñazo del desfile de las Fuerzas Armadas».
—Pues claro. Ninguno resistimos una transcripción de lo que decimos en la intimidad. Mire, esas son las cosas pequeñas de la vida. Hay gente que nunca se equivoca, que no tiene nada de lo que arrepentirse, que no ha pecado en su vida y que es la quintaesencia de todas las virtudes. Hay muchos. Yo no.
Rajoy esta en Andalucía (140 visitas en los ultimos años) y se nota. Cuando la dirección popular abandona Madrid respira cierta tranquilidad pero también capta cansancio y hasta hartazgo por las peleas madrileñas, como llaman allende la meseta al enfrentamiento Aguirre-Gallardón. El estar a sólo tres escaños de la mayoría absoluta en esta Comunidad (según la encuesta hecha por la propia Junta de Andalucía) cuesta mucho esfuerzo como para que todo se vaya al traste por los rifirrafes de la capital, opinan más allá de Despeñaperros.
Andalucía, crucial
Que para Rajoy es fundamental Andalucía lo certifica Javier Arenas, que acaba de llegar a la cafetería del hotel para recoger a su jefe y acompañarle al Pabellón Municipal «El Barrero», en Bormujos, donde participará en un mitin. «Ganar en Andalucía —afirma— es fundamental para mi partido. Y ya estamos sólo a poco más de un punto del PSOE. Además, al sustituto de Chaves no lo conoce nadie».
Pero ABC no ha cerrado todavía la conversación sobre las «grandes emociones» que le deparan a Rajoy sus compañeros de filas.
—¿No está usted cansado de las disputas Aguirre-Gallardón? (Le recuerdo el «j... que tropa» con que amenizó la presentación de una biografía de la presidenta).
—Mire, ambos son dos puntales importantísimos para el PP. Y a pesar de la grabación, creo que la relación está mucho mejor de lo que se dice. Lo que pasa es que hay cosas que tienen morbo pero si todos tenemos generosidad, intentando entender a los demás, las cosas terminarán arreglándose.
La periodista interpreta en sus palabras un acto de voluntarismo que no acaba ahí. A saber:
—Se hizo acompañar de Manuel Pizarro como número dos de la lista por Madrid. ¿Qué ha pasado para que, sin que se haya llegado al ecuador de la legislatura, su compañero de «ticket» se haya marchado?
—Manolo y yo somos amigos desde hace muchos años. Y él ha hecho un gran esfuerzo que yo nunca le agradeceré lo suficiente. Pero la política es muy dura y las leyes que hay no ayudan nada a que la gente competente esté en política. Y dicho esto, Manolo Pizarro me va a seguir ayudando y eso a mi me reconforta mucho.
«Vamos, Mariano, que hay un mitin de atletismo y tenemos que abandonar el hotel ya». El que habla es Arenas. Son las once de la mañana y un coche recoge a un Rajoy más delgado de lo habitual. Vestido con una chaqueta azulona de sutiles cuadros burdeos y camisa blanca, no puede evitar que se le pregunte por una uña magullada en el dedo índice de su mano izquierda.
—Me pillé con una puerta en un mitin de Barcelona. Primero tuve casi todo el dedo negro, y ahora sólo esto…
A estas alturas de la mañana, el presidente del PP ya se ha fumado su primer puro. De camino a Bormujos, todavía hay tiempo para un segundo café: momento para repasar unas notas con letra de médico que no entiende ni él. Bueno, él sí: «Estas son mis notas del mitin —muestra media docena de folios arrugados, trufados por una hoja con datos estadísticos facilitados por sus colaboradores—. Sólo me entiendo yo. Y no siempre».
«La relación entre Aguirre y Gallardón está mejor de lo que se dice»
—¿Escribe sus discursos?
—Yo me hago un esquema con los datos que me pasan. Anoche, en la habitación, me preparé el de hoy.
«El de hoy» está destinado a los andaluces que llenan el local de Bormujos, y el discurso tiene un lema: «Queremos lo nuestro», en alusión a la deuda histórica que debe Zapatero a Andalucía y que, según Rajoy, «os quieren pagar con solares sin valor». En la comarca del Aljarafe, a ocho kilómetros de Sevilla, unos centenares de militantes escuchan el mensaje redentor de quien aspira a ser el sexto presidente de la democracia. «Echa a Zapatero», le grita una señora desde la grada del pabellón deportivo. «De eso luego hablamos», contesta Rajoy, entre carcajadas del respetable. El polideportivo parece por unos minutos el plató de «Sálvame diario», en Telecinco, con aportaciones espontáneas del público. Pero Rajoy no es Jorge Javier Vázquez y se muestra políticamente correcto cuando se le pregunta delante de una grabadora por el jefe del Gobierno y su cacareado abandono:
—Mire, quien sea el líder del PSOE en las próximas elecciones a mí me da igual. Lo que sí le puedo decir es que cuanto más tiempo sea presidente Zapatero, peor será para todos. Hoy lo de la paz, el talante, la ciudadanía y aquellos discursos demagógicos ya no cuelan.
Contra Zapatero,como Aznar
Mensaje muy parecido al que ha sostenido esta semana José María Aznar, pero con otro envoltorio. Formas diferentes para personas diferentes que, a pesar de los rumores de distanciamiento, se ven a menudo, según Rajoy:
—Yo me llevo muy bien con Aznar. La última vez que le vi fue en la copa de Navidad en el partido y, no hace mucho, en Faes.
—¿Y con Rato, tras su convulsa elección como presidente de Caja Madrid?
—Nos conocemos desde hace muchos años. Puede haber alguna discrepancia, pero lo que ha perdurado a lo largo de los muchos años que nos conocemos es el respeto y el cariño.
—¿A usted se le ocurrió proponerle para presidir la Caja?
—Fue producto de una conversación entre los dos. Y estoy muy contento de la decisión tomada.
Del ovillo del ex vicepresidente económico sale un hilo que conduce a otro nombre: Manuel Cobo. Y, después, a otro: Ricardo Costa...
—¿Cree, como algunos, que Cobo y Costa se han ido de rositas?
—Bueno, opiniones hay para todos los gustos. Pero a mí no me pregunte. Yo acato lo que ha dicho el Comité de Derechos y Garantías. Yo no he intervenido en ese asunto nada de nada.
—¿Pero tendrá su opinión?
—La del respeto. Ya anuncié que no quería saber nada para que no hubiera malas interpretaciones.
Terminado el mitin de Bormujos, toca ahora pasear por Castilleja de la Cuesta, en cuyo pabellón de deportes su alcalde socialista ha prohibido entrar a Rajoy. Pero si el regidor del PSOE no quiere caldo habrá de tomar dos tazas: toda la comitiva popular se solaza por las calles del municipio, visita dos parroquias y se toma un aperitivo en la plaza de Santiago. Es la hora de comer. Y aquí Rajoy no hace concesiones: una fabada de chupa pan y moja que restituye a velocidad de crucero las calorías perdidas en la marcha matutina. La caridad cristiana aconseja no avinagrar la comida con preguntas insolentes, así que mejor disparar antes de que el entrevistado se siente a la mesa.
—Gürtel. ¿Cuando escucha esa palabra qué le sugiere?
—No me gusta nada y me gustaría que pasara pronto; lo que digan los tribunales lo acataremos absolutamente. Pero que digan algo, ¡por favor!, y pronto, porque es muy difícil defenderse de lo que uno no sabe en qué consiste exactamente.
—¿Ha pasado usted página con Camps, tras el lío de los trajes?
—Pues la polémica de los trajes no ha ayudado mucho. Pero a mí me gustaría que los tribunales resolvieran.Ya de los trajes han dicho que no había nada y ahora queda lo demás. Yo tengo una tesis: quien la hace la paga, y el nivel de exigencia con el político tiene que ser mayor; pero tengo otra: que es que quien no la hace no tiene por qué pagarla.
Tras el almuerzo, el interlocutor de ABC se interesa por el resultado del abierto de tenis de Australia. «Ha ganado Federer», le informan. Y es inevitable que cuente a la periodista con pelos y señales los «grand slam» que ha cosechado el suizo... «Es una máquina infalible», concluye.
Y de una máquina a otra. La que —esta sí falible—, casi acaba con su vida y la de Aguirre en diciembre de 2005. Mucho se ha escrito sobre ese accidente pero nada comparado al hilarante relato de Rajoy con la complicidad que ofrecen casi tres horas de viaje por delante: un helicóptero que suena raro, un golpe en seco, gritos de que el aparato explota, gente que huye despavorida, un tacón roto y, al final, el presidente popular tumbado en una cama del hospital de Móstoles, donde recibe la visita de algunos sindicalistas que aprovechan el accidente para contarle sus cuitas. De resultas, el dedo anular de la mano derecha roto, con estragos que aun hoy se aprecian. «Mire, mire —muestra Rajoy— ¿se da cuenta cómo me ha quedado?»
Amante de la cocina clásica
Esta última conversación se desarrolla ya en un cómodo y solitario vagón del AVE que conduce a Madrid. Es hora de retirar la chaqueta, apartar unos centímetros el móvil y tomar un refresco. Parece una obsesión pero el entrevistado está deseando llegar a casa para ponerse cómodo y volver a hacer ejercicio cerca de su domicilio, en Aravaca. Y es que Rajoy está muy preocupado por su línea, vocación inversamente proporcional a su apetito por los platos contundentes y su alergia por la cocina de autor. Es hora de confidencias: hace muchos años, cuando el líder popular todavía no tenía un cargo relevante —«cuando llevaba una vida sensata», aclara—y Ferrán Adrià no era famoso, Rajoy comió en un desconocido El Bulli con su entonces novia y otra pareja. Los cuatro comensales entraron en este templo culinario por descarte —«la alternativa era una hamburguesería», aclara— y tuvieron que conformarse con regar el almuerzo con agua porque los precios del vino resultaban imposibles. Tiempo después, el político supo de las glorias internacionales del cocinero y recordó su paso casi accidental por ese santuario gastronómico, que ahora cierra temporalmente. Adrià se ha tomado dos años de asueto pero no parece que sea por la crisis, esa contra la que el jefe de la oposición tiene sus propias recetas.
—Todas las propuestas del presidente son consecuencia de la absoluta falta de credibilidad del Gobierno, pero lo más útil ahora es abrir un debate nacional con luz y taquígrafos en el Congreso. Si Rodríguez Zapatero va a pedir sacrificios a los españoles lo menos que cabe exigirle es que lo explique.
—¿Zapatero debe convocar elecciones?
—Mire, la convocatoria de comicios depende del presidente pero los españoles han de saber que yo estoy en condiciones de gobernar en cualquier momento y que trabajaré para hacer el mejor Gobierno si los españoles me otorgan su confianza.
—De usted se ha dicho de todo, entre otras cosas que está a favor del despido libre. ¿Es así?
La respuesta de Rajoy va directa al meollo. «No. Yo no estoy a favor del despido libre —remacha—. Pero el sistema que tenemos en España de contratos temporales a coste cero frente a indefinidos a coste 45 días por año es imposible que funcione».
A vueltas con las pensiones, Rajoy presume de tener un pensionista en su familia: su padre, el Mariano mayor. Con él irá a Canarias dentro de dos fines de semana. «Iremos los tres Marianos, mi padre, mi hijo y yo». A su progenitor ya no le afectará el «pensionazo» del Gobierno, sobre el que su hijo, ex registrador de la propiedad, opina:
—Las pensiones las pagan los que están cotizando, y los que están cotizando son los que están trabajando y, por tanto, cuanto más empleo haya, y más cualificado sea, pues mejor será para España, para la Seguridad Social y para las pensiones. Si yo fuera presidente controlaría el gasto, reduciría el déficit, reestructuraría el sistema financiero, reformaría el mercado laboral, no subiría impuestos, reformaría la educación, diseñaría una política energética e intentaría pactar con las autonomías.
El tren rueda ya por La Mancha y el candidato popular recibe en su móvil un teletipo con el último ejercicio de buenismo de Zapatero: «Lucharemos —dice el flash— para acabar con el caldo de cultivo para los peores comportamientos». El receptor del mensaje tiene que frotarse los ojos para dar por bueno lo que internet le muestra.
—Ahora o nunca para ganar, con un CIS ya de 3,8 puntos de ventaja...
—Vamos a hacer todo lo posible.
—Y eso que no se lo ponen fácil desde sus propias filas con tanta insistencia en cuestionar su liderazgo, en acusarle de dejar pudrir los problemas, como en el enfrentamiento por los cementerios nucleares entre Dolores de Cospedal y Javier Arenas.
—No hubo ninguna bronca entre ellos, lo que pasa es que a veces parece lo que no es.
—Como con su liderazgo...
Aquí la sonrisa guasona presagia una de sus respuestas galaicas:
—Hágame caso. Todos tienen derecho a opinar. Quizá los que dicen que dejo pudrir los temas conozcan mejor el partido que yo.
Congreso en el PP antes de 2012
—¿Pero usted se medirá en un Congreso nacional antes de los comicios de 2012?
—Eso es lo que está previsto.
Final de trayecto. Es hora de recoger. Antes, hay tiempo para reprocharle al Gobierno el «chivatazo». «Yo he sido ministro de Interior —dice— y no me creo que un funcionario de policía haga algo así sin instrucciones políticas. Es más, lo considero imposible».
Sobre la mesa plegable del AVE en la que se desarrolló la entrevista queda un papel garabateado. La letra es casi ilegible pero yo intuiría que allí quedó escrito: «Zapatero, dimite ya».
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