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Inés Sabanés y Tomás Gómez
Domingo , 07-02-10
Qué lejos y sin embargo qué cerca. Qué lejos están, en el terreno del «fair play» y de la ética, Inés Sábanes y Tomás Gómez. A la primera, no se le ha escapado ni un solo reproche envuelto en lágrimas en la hora del adiós, acaso temporalmente, de la primera línea. Y eso que a la dirigente de Izquierda Unida le han hecho la vida imposible desde sus mismas filas y ha degustado, como nadie, a qué sabe la hiel doméstica o cómo duele el fuego amigo. El viernes fue objeto de un homenaje donde se fundieron muchas emociones con la que ha sido una de las mejores exponentes de la izquierda moderna, aperturista y racional. Sin embargo, qué lejos está de los modos de Tomás Gómez, con el que comparte la casa común de la izquierda. A Gómez no hay quien le tosa cada vez que se pone en cuestión su idoneidad para conducir a su partido a la reconquista del poder en Madrid, tras 16 años de desapacible oposición.
La plataforma «Socialistas por el Cambio» no para de solicitar primarias para que los militantes elijan a la figura más apta como cabeza de cartel de las elecciones del próximo año. Y, erre que erre, el secretario general del PSM cierra los ojos a ese tan saludable ejercicio de la democracia del que se dotó el PSOE y que tan poco gusta en el aparato madrileño cuando las aguas bajan turbias. Esa familia socialista defiende la razón: no hay ninguna ley escrita que certifique que el mejor candidato es el primer responsable del partido.
Bien haría Gómez en escuchar a la democracia y no hacer caso a los cantos de sirena que le regalan los oídos de buenismo y farfolla. Si no lo hace, terminará como Sabanés, pero en este caso con buenas razones para ello. Ah, y además, estoy segura de que no se lo tomará con la misma deportividad que la política catalana. No hay más que ver su mohín cuando sólo se le está hablando de primarias. Todavía no de sustituirle.
PECADOS CAPITALES
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