Miércoles
, 03-02-10
DESDE EL IESE
ME decía un amigo que en Barcelona hay dos cosas inútiles: una es el abrigo; la otra, los intermitentes. Algo de razón tenía en su fino e irónico comentario. Los intermitentes no están pensados para uno mismo, sino para los demás. Cuando uno conduce no necesita poner el intermitente; ya sabe a dónde va, si va a girar o a cambiar de carril. Tener que hacer la pequeña operación de soltar la mano del volante para darle a la palanca es una operación molesta, que no aporta nada.
Pero resulta que no estamos solos, que conducimos al mismo tiempo que otros, y que nuestras maniobras condicionan y están condicionadas por los demás. Usar el intermitente sirve para avisar a los demás de nuestros movimientos, para que puedan preverlos y tener tiempo para adaptar su conducta a la nuestra. No nos sirve a nosotros; les sirve a ellos.
Pero, claro, pensar en los demás no deja de ser una molestia que fácilmente despachamos con argumentos muy variados: que espabilen (egoísmo puro y duro); que guarden la distancia (excusarse en las leyes); seguro que ellos tampoco los utilizan (cree el ladrón que todos son de su condición).
Otra cosa distinta es cuando nos va la vida en ello. Por eso nos hemos puesto de acuerdo en usar los dobles intermitentes para avisarnos de que hay un atasco y frenar a tiempo; o ponemos el doble intermitente cuando aparcamos en doble fila, como si eso ya nos diese carta de libertad para interrumpir el tráfico.
Hay dos formas básicas de comportarse en la sociedad. Una es pensar en uno mismo, y entender que los demás nos interesan más o menos en función de nuestros objetivos. Vamos por la vida a nuestro rollo, aunque de vez en cuando tengamos algún ataque de sentimentalismo ante el dolor ajeno. La otra forma es pensar en lo que los demás quieren, desean o necesitan, hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar algo de bienestar personal por el bien ajeno. Lo que está claro es que esta segunda forma de convivencia exige mucho más por nuestra parte, porque tenemos que estar dispuestos a dar más de lo que recibamos. También está claro que la sociedad que construimos con una postura y con la otra es muy diferente.
Recuerdo un profesor que nos decía que había dos clases de personas: las de éxito, que reciben más de lo que dan; y las de provecho, que dan más de lo que reciben. Pensar en los demás es más costoso, pero también es más agradecido. El éxito suele ser caduco, porque el que instrumentaliza a los demás, tarde o temprano acaba por ser instrumentalizado; el provecho, en cambio, no se pierde, porque, sea o no reconocido, le hace a uno mejor, y eso queda.


