
PEPE CASTRO
Actualizado
Lunes
, 01-02-10 a las 18
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Julio Porres Martín-Cleto. 88 años. Historiador y académico toledano. Su mirada, que pareciera mostrarse desafiante tras las caladas gafas metálicas, es en realidad fruto de su imperecedera curiosidad por todo lo que le rodea. Los hombres, los libros, las calles, el mundo.
Este toledano nacido en pleno Zocodover, encima de la ferretería de su abuelo en aquellos lejanos años 20, creció con el reloj del Arco de la Sangre como horizonte, aunque el tiempo, ese que pasa inexorable, no ha sido demasiado cruel con la enjuta figura de quijote que siempre le ha caracterizado. Delgado de puro nervio, la curiosidad no le dejó nunca engordar, y un día hasta descubrió que los soportales de Zocodover fueron curvos en vez de rectos.
Su boca, presta al rápido y certero comentario, permanece sellada, pero sus ojos escudriñan a quien tiene delante en el estudio del fotógrafo, donde posa vestido con camisa de rayas, corbata de motas y su típica rebeca con cremallera. Sobre sus manos, huesudas como un monje del Greco, y cruzadas ante el pecho, se dibuja el antiguo mapa de la circulación sanguínea, esa que se alteró aquel verano del 36 cuando, con 16 años, pasaba unos días con su familia en Arenas de San Pedro.
Las guerras duelen, pero a don Julio, como le llama la gente al pasar por una ciudad que para siempre quedó inmortalizada en su best-seller «Historia de las calles de Toledo», nunca le venció el desamparo. Su ilustración, -detesta que le llamen erudito; él dice que sólo es un hombre corriente que trabaja en lo que puede y que le gusta la Historia-, fue siempre fiel compañera de viaje de este sabio del siglo XXI que se enamoró de los libros al oírlos de labios de su padre.
Después de una vida de trabajo llegaron los homenajes, y hasta tiene dedicada una calle. Pero eso qué más da si todas las calles de Toledo podrían llamarse Julio Porres. Ahora que navega sobre la suave ladera de la vida, a veces se adormece y sus vivaces ojos observan fijamente una canica sobre la arena de Zocodover. Entonces, la voz de su madre, «¡Julio, sube a comer!», le despierta.


