Lunes
, 01-02-10
PUNTO DE FUGA
Apropósito de ese plúmbeo asunto de las voces propias e impropias de Cataluña, hay una evidencia fáctica que procedería no seguir negando por más tiempo: el dócil asentimiento de la población ante la metódica expulsión del castellano del espacio público. A estas alturas del orgasmo fonético-identitario, quizá iría siendo hora ya de desechar el relato apócrifo que todavía pretende retratar a una mayoría de cándidos ciudadanos como víctimas de una todopoderosa milicia de cejijuntos nacional-sociolingüistas. Y es que, desde la honestidad intelectual, no procede continuar apelando, por ejemplo, a que los enunciados de los heresiarcas gramáticos resultan interceptados antes de poder ser accesibles a sus inocentes destinatarios últimos. Eso, simplemente, no se compadece con la realidad. Sí disponen de acceso a ellos; por supuesto que sí. Un más que notable grupo de intelectuales y periodistas disidentes lleva años difundiendo argumentos racionales -y racionalistas- contra el cerco institucional al y lo español en Cataluña. Resultado: en el mejor de los casos, gélida indiferencia; en el más común, abierta hostilidad, repudio airado, rechazo virulento. Cruda, sí, pero es la verdad.
Ahora, ante esa enésima vuelta de tuerca contra la lengua apestada que han dado en llamar Ley del Consumo de Cataluña, vuelve a constatarse lo mil veces certificado: las manifestaciones de repulsa frente al integrismo de la comunión nacionalista siguen resultando actos testimoniales, contados signos de rebeldía individual, gestos de desolada marginalidad. De ahí ese chulesco alborozo de Carod al anunciar que las Nuevas Oficinas de Delación Lingüística de don José han logrado incrementar de forma exponencial el número de sanciones impuestas por las Viejas Oficinas de Delación Lingüística de Maragall. Progresa adecuadamente, nos confiesan, la doma sintáctica de camareros, taxistas, peluqueras, fontaneros, dependientes de ultramarinos y demás ralea del tercer estado. Chusma alógena contra cuya bárbara ortografía una patriótica recua de chivatos y chivatas anónimos hizo recaer 2.364 denuncias ante el Santo Oficio Lingüístico sólo en 2008. Renovado furor inquisitorial que, al parecer, ha logrado aplacar el clima de abatimiento moral entre amplios sectores del catalanismo progresista deprimidos por los parcos logros de las redadas gramáticas de ejercicios anteriores.
Y pensar que basta con aprehender un único párrafo de «Argumentos para el bilingüismo», el lúcido ensayo del profesor Jesús Royo Arpón, para descifrar al punto todas las claves de la fosa séptica catalana. En concreto, ese que, lacónico, reza: « La lengua, que estaba en las últimas y a punto de ser abandonada como un trasto inútil, de repente se tornó muy útil: funcionó como marca diferencial entre los nativos y los forasteros. Y eso, evidentemente, tenía consecuencias en cuanto al reparto de los bienes sociales, o sea, del poder (...) Los que tienen el catalán como lengua materna lo valoran como una marca entre «nosotros» y «ellos». Y el inmigrante lo valora aún más, como el medio para ascender un peldaño en la escala social». Tan sórdido como eso.


