Grandes grietas en los dormitorios, puertas desencajadas y pabellones directamente en el suelo, esta es la descripción de un «hotel». Surgen ya mercadillos en los que se venden, a veces, las mercancías suministradas por las ONG
El viaje de Jimaní -frontera de la República Dominicana con Haití- a Puerto Príncipe no es sencillo.Y no es fácil tampoco llegar a una dirección determinada de Puerto Príncipe. Se necesita para ello un conductor experto que conozca el laberinto de cruces, subidas y bajadas de una capital sin nombres en las calles, sin señalización de ningún tipo.
El mismo guía, por el mismo recorrido, ha pasado a cobrar de 300 dólares, cuando se produjo el terremoto, a 450. Si le piden explicaciones, dirá que al principio no conocía bien las circunstancias y riesgos, sobre todo la multiplicación de embotellamientos al llegar al municipio y dentro de la urbe. Pero la razón, lógicamente, es otra: ha crecido mucho la demanda para entrar y salir de este país. Los guías, pues, aprovechan el flujo de extranjeros para ganarse un buen puñado de dólares.
Un taxi con suplemento
El pastel se lo reparten haitianos y dominicanos. Un taxista que te lleve de Santo Domingo, la capital de la República Dominicana, a Jimaní, sube en 50 dólares el precio si se le dice que no vas exactamente a ese pueblo, sino al punto fronterizo con Haití.
En los momentos de excepción, siempre hay gente más avispada que hace su agosto. Los que tienen algo que ofrecer a los extranjeros suelen ser los que salen ganando. Desplazarse por Puerto Príncipe es casi imposible si no se alquila a un motero.
Por diez dólares la hora, toda una fortuna, el motero te transporta a los puntos de la ciudad que desees. Eso sí, hay que jugarse la vida entre tanquetas de los marines de los Estados Unidos, todoterrenos de la ONU y, sobre todo, coches y peatones haitianos que deambulan de forma caótica por las calles. A nadie le van a poner una multa por no llevar el casco puesto. Es más, nadie lleva casco.
Otro ejemplo de florecimiento del negocio son los hoteles. Por supuesto tienen agentes de policía apostados que sólo dejan pasar a los residentes. Pero es que a esos residentes, por una habitación compartida, triple a base de colchonetas, le cobran la redonda cifra de 100 dólares. Y no es que el hotel esté completamente derecho. Grandes grietas en los dormitorios, puertas desencajadas y pabellones directamente en el suelo es una descripción que casa con alguno de ellos.
Muchos huéspedes, por miedo a las réplicas, duermen en el jardín. Ante eso, en el supuesto improbable de que todavía quede algo libre, son pocos los que se lo piensan: mejor pagar los cien dólares, si se tienen, que no quedarse en la pura y dura calle.
Por toda la ciudad, mientras tanto, surgen mercadillos en los que lo que se vende, a veces, son las mercancías suministradas por las ONG y los organismos internacionales, artículos que van desde las chocolatinas y las barritas de cereales, hasta las cervezas, por las que piden cinco dólares.
Las hamburguesas
Hay quien sospecha que las hamburguesas de los hoteles proceden de las destinadas al Ejército de los Estados Unidos. En el hotel se las agencian gratis y luego las revenden a precios de lujo.
El centro de Puerto Príncipe sigue oliendo mal, ahora más por las condiciones tan poco higiénicas de los sin techo que acampan junto al Palacio Presidencial, que por la descomposición de cadáveres.
Sorprendentemente, el centro histórico de la capital haitiana ha sido el más afectado por el terremoto, donde ahora hay más inseguridad y donde han empezado a meter maquinaria pesada para desescombrar. Los marines están especialmente atentos en este distrito.



