
AFP Obama, ayer en una alocución en la Universidad de Tampa
El primer discurso del presidente Obama sobre el estado de la Unión fue recibido por la oposición del Partido Republicano como un esfuerzo rectificador tardío ante la grave situación económica de Estados Unidos. Durante el turno de respuesta a cargo del nuevo gobernador de Virginia, Bob McDonnell, el reproche fundamental por parte de los conservadores es que Estados Unidos no se puede permitir el nivel de gasto público asumido por los demócratas.
Según McDonnell, protagonista de una de las recientes victorias republicanas en Estados que votaron por la candidatura presidencial de Obama, es cierto que los estadounidenses quieren tener acceso asequible a cuidados médicos, pero también es cierto que «no quieren que el Gobierno se encargue de dirigir la sanidad». Añadiendo que «durante el último año, cerca de tres millones de americanos han perdido sus trabajos, mientras el Congreso demócrata se dedica a generar déficit, añadir burocracia y aumentar la deuda nacional sobre nuestros hijos y nietos».
Al hilo del debate sobre el segundo año de Obama en la Casa Blanca, el presidente ha empezado a insistir en que la pérdida de la súper-mayoría del Partido Demócrata en el Senado también tiene consecuencias de responsabilidad añadida para los republicanos. A su juicio, si los conservadores van a disponer a partir de ahora del suficiente poder como para bloquear el Congreso federal, también deben empezar a compartir la culpa de que Washington no funcione.
En el frente de cómo funciona Washington ha llamado bastante la atención el enfrentamiento entre Barack Obama y uno de los magistrados del Tribunal Supremo invitado en primera fila al discurso sobre el estado de la Unión del miércoles por la noche. Hacia el final de su alocución, el presidente cuestionó la reciente sentencia de la máxima corte liberalizando las donaciones electorales por parte de grupos, sindicatos y empresas, incluso extranjeras.
Ante esas críticas directas de Obama, las cámaras de televisión pudieron recoger la reacción negativa del magistrado Samuel Alito, nominado en su día por el presidente Bush. Entre gestos de desaprobación, el juez conservador llegó a decir «no es verdad, no es verdad».




