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Actualizado Viernes , 05-02-10 a las 12 : 59
El hambre de los haitianos supera a su Gobierno, que no puede impedir que las multitudes asalten desesperadas los camiones con alimentos para procurarse un poco de consuelo tras 16 días de privaciones.
Un reparto de comida degeneró hoy en un tumulto cuando miles de personas tomaron los jardines del ministerio de Cultura y se hicieron por la fuerza con las provisiones de arroz, aceite, pasta y leche en polvo que se encontraban en cuatro camiones.
Es la segunda vez que el Gobierno haitiano organiza con sus propios medios un reparto de alimentos en la capital, y la segunda que degenera en tumultos y peleas, si bien hoy la policía no usó los gases lacrimógenos (como hizo el pasado martes) y se limitó a dejar hacer. El lugar elegido hoy era el Campo de Marte, la enorme explanada que se abre en pleno centro de la ciudad ante el Palacio Nacional y que es el "hogar" de miles de personas que se quedaron sin techo tras el terremoto del pasado 12 de enero. Los sin techo del Campo de Marte llevan 16 días recibiendo visitas regulares de los camiones que reparten agua, pero los repartos de ayuda alimentaria son raros, y pasan días sin que llegue una comida caliente a los miles de damnificados. "Aquí nadie se acuerda de nosotros, hoy llevo todo el día sin probar bocado, y ayer comí dos galletas, como mi familia", explicaba al filo del mediodía Antonio, un cubano radicado en Haití desde hace años y cuyo hogar son hoy cuatro palos con un toldo donde guarda sus míseras pertenencias.
Cuando aparecieron cuatro camiones llenos de comida y se refugiaron en los jardines del cercano ministerio de Cultura, Antonio y miles más corrieron poseídos por el hambre y se arremolinaron ante las verjas del ministerio. Comenzaron entonces a oirse gritos de gente que se asfixiaba ante las verjas, apretados por cientos de personas que pugnaban por hacerse un sitio cerca de la entrada.
Nadie había previsto un tumulto semejante y había apenas una decena de policías, que solicitaron para la distribución la ayuda de un centenar de voluntarios con unas ingenuas camisetas blancas que decían "El Gobierno está conmigo". Tras veinte minutos en que los policías y voluntarios se afanaron en contener a las turbas hambrientas bajo el sol del mediodía, éstas forzaron la entrada, sobrepasaron a los agentes y se abalanzaron sobre los cuatro camiones para hacerse con el botín.
Comenzó entonces una verdadera batalla campal para apropiarse de los sacos de comida, e inevitablemente se impuso la ley del más fuerte: todos los hombres jóvenes arrebataron los sacos a las mujeres y los niños, rompiendo incluso las bolsas de arroz y espaguetis que volaban por los aires. "Si esto es siempre así, ¿cuándo podré comer yo?", exclamaba entre sollozos una anciana.
A su lado, una mujer embarazada suplicaba a los hombres que le alcanzaran uno de los sacos. Cuando un oficial de policía se lo traía, cinco jóvenes se le tiraron encima y le quitaron a golpes el tesoro. "Disciplina, disciplina", gritaba otro agente con un megáfono inaudible por los gritos de la muchedumbre. Si el hambre hablara, así debía de sonar.
Dos horas después de llegar los camiones, la operación se dio por concluida. Nadie sabe cuánta gente podrá comer esta noche con la comida que regala un Gobierno constantemente superado por los acontecimientos y por el hambre de sus ciudadanos.
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