AP David Plouffe
Miércoles
, 27-01-10
POR P. RODRÍGUEZ
WASHINGTON. David Plouffe forma parte de toda esa cantera de talento relativamente joven que hizo posible la victoria de Barack Obama en el 2008. Durante la celebración de su triunfo en Chicago, el presidente electo se refirió a su asesor como «el héroe no debidamente reconocido que ha construido la mejor campaña, yo creo, en la historia de los Estados Unidos de América».
Además de no llamar la atención, la especialidad de Plouffe es la compleja matemática política de EE.UU., empezando por la demografía de cada jurisdicción electoral. A él se le atribuye la estrategia «50 Estados» adoptada por Obama. Un esfuerzo que supuso no renunciar a ningún voto, incluso en circunscripciones poco propicias. Y que a la postre -sumando victorias parciales- sirvió para vencer a Hillary Clinton en las primarias y, en última instancia, redibujar el mapa electoral en detrimento de los republicanos.
Al terminar sus servicios como manager de la campaña de Obama, David Plouffe se ha dedicado a rentabilizar su prestigio. Incluido el reciente lanzamiento de un «best-seller» político titulado «La audacia de ganar». Pero a partir de ahora se encargará -sin las limitaciones de un cargo formal en la Casa Blanca- de coordinar la estrategia de su partido de cara a las legislativas previstas a finales de este año.
Al terminar sus servicios como manager de la campaña de Obama, David Plouffe se ha dedicado a rentabilizar su prestigio. Incluido el reciente lanzamiento de un «best-seller» político titulado «La audacia de ganar». Pero a partir de ahora se encargará -sin las limitaciones de un cargo formal en la Casa Blanca- de coordinar la estrategia de su partido de cara a las legislativas previstas a finales de este año.
El pasado domingo, este joven de 42 años avanzaba en las páginas del «Washington Post» su receta para evitar «una pesadilla en noviembre». Un plan que incluye entre otras recomendaciones superar la asignatura pendiente de la reforma sanitaria, énfasis en la creación de empleo, no aceptar lecciones de los republicanos sobre el disparado gasto público, no abandonar la agenda de cambio del 2008 y demostrar que «no sólo tenemos el cerebro para gobernar, sino también las agallas necesarias».


