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Miércoles
, 27-01-10 a las 03
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Al abrirse el tercer milenio, el mundo parecía sonreir bajo la nueva trinidad de un progreso liberador que exhortaba a la mundialización, la libertad total de mercados y la innovación: la nueva era del Davos Man, como acertó en llamarlo el pensador político Samuel P. Huntington.
Al cerrar la primera década del mismo, este soñado Davos Man vuelve a trepar hasta este pueblo serrano de los Alpes, que Thomas Mann llamó “La Montaña Mágica” por motivos muy distintos, pero lo hace avergonzado, quebrado en su arrogancia: viene a hacer examen de conciencia, a reinventarse y redefinirse.
El Foro Económico Mundial vuelve a reunir desde el miércoles a buena parte de los dirigentes empresariales, políticos y tecnológicos del mundo, amén de una serie de coartadas circundantes sociales, juveniles, religiosas y hasta musicales y cinematográficas.
Hasta 2.500 de los antes llamados líderes mundiales, y hoy frecuentemente, si bien exageradamente, redenominados como culpables de todo mal, regresan bajo el lema de “Revisar, repensar, reiventar”, convocados de nuevo por el artífice original y profesor suizo Klaus Schwab, eterno aspirante a algún premio Nobel global.
El hombre de Davos es hoy, para muchos, un pobre hombre al que de repente no se le compraría ni el coche de segunda mano. ¿Exageración? Lo cierto es que, durante la gran depresión sufrida en los últimos dos años, la llamada globalización se habría revelado en realidad, según los expertos, como una fiesta encubierta de la alta sociedad multilingüe de entre las empresas y gobiernos en realidad nacionales, y mayormente anglosajones.
Nacionalismo y proteccionismo
Cuando las tornas mostraron las vacas flacas, fueron las economías nacionales y el dinero del contribuyente local, como dice el veterano experto Bruce Nussbaum, las que salvaron al hombre global de Davos y las empresas, bancos, hipotecas y sueños que había contribuído tanto a edificar como a arruinar. No es de extrañar pues que algunos observadores, entre ellos el columnista jefe del Financial Times, Giddeon Rachman, vea asomar la temida oreja el nacionalismo y el proteccionismo.
Pero el capitalismo ha demostrado más de una vez su capacidad de autocrítica y reinvención y, con los datos en la mano, la confianza empieza a retornar en buena parte de las economías y empresas, por más que no la deuda pública de países como Grecia, España e Irlanda sea un creciente quebradero de cabeza para la moneda única.
Si el hombre de Davos quiere sobrevivir, avisan los analistas, deberá mostrar en la crisis el liderazgo que reclamó en tiempo de gasto, consumo y bonanza, cuando pagaba a crédito entre risotadas y puñetazos en la mesa, rodeado de estrellas del rock.
La imagen del banquero irresponsable sólo la restaurará la del banquero renovado, consecuente y escrupuloso con sus clientes tanto como con sus dineros. El liderazgo ante la gestión de la catástrofe de Haití o la amenaza nuclear iraní pueden devolver a los gobernantes su esperado papel dirigente en un mundo confuso. Este Foro Económico Mundial puede ser la prueba de cuánto se ha aprendido de la crisis y de ese estalinista modo de regir el mundo desde las más caras escuelas de negocios, o bien el probable entierro definitivo del Davos Man.




