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La toma de Caixanova
Lunes , 25-01-10
Todas las personas deberíamos ser honestas, con los demás y con nosotros mismos. La sociedad no deja de ser la suma de los individuos que la conforman. Es verdad que hay ciudadanos que influyen más que el resto, son los políticos, y de ahí que seamos con ellos mucho más exigentes. Por eso me resulta especialmente detestable el comportamiento del alcalde de Vigo, Abel Caballero, en el caso de la fusión de las cajas de ahorro gallegas. El regidor olívico, catedrático de Economía, sabe mejor que nadie que a las cajas les está llegando su fin, son una rara avis en el panorama financiero internacional que distorsiona el libre mercado y la competencia. Nacieron como instituciones benéficas pero se han “bancarizado” de tal manera que sus corporaciones industriales e inmobiliarias nada tienen que envidiar a las de la gran banca. Han pasado de ser un servicio público a convertirse, en algunos casos, en un peligro público. No tienen amo, no hay accionistas que vigilen su gestión pero sí tienen un patrón, el director general de turno, que hace y deshace a su antojo como si se tratara de una propiedad privada. En este sentido, considero fundamental la aprobación de la nueva Ley de Cajas. Me fío más de las decisiones de un gobierno y un parlamento autonómicos, a los que cada cuatro años puedo exigir cuentas, que de un ejecutivo que es aupado al cargo por un “lobby” a cambio de gratitud eterna.
Los gobiernos de Madrid y Bruselas creen llegada la hora de las cajas. El gobernador del Banco de España aboga por que solo queden seis o siete. Así las cosas, apostar por que Caixa Galicia y Caixanova continúen cada una por su lado es un suicidio, incluso la fusión no garantiza su independencia futura, pero al menos hay que intentarlo. El presidente Feijóo lo tiene claro y se arriesga a que desde su partido, en la calle Génova, le tiren de las orejas. Guillerme Vázquez tampoco lo duda, cree que la fusión representa el nacimiento de un banco público gallego. Ambos, aunque desde ópticas distintas, piensan en Galicia. Abel Caballero, por el contrario, utiliza el caso para dividir y generar resquemor entre el norte y el sur con el único propósito de mantenerse en el cargo. Anima a los vigueses a tomar la calle como el pueblo de París tomó La Bastilla. Los líderes de la revolución buscaban munición y pólvora, don Abel votos. Caixanova, como la antigua fortaleza, es el símbolo.
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