
AFP La defensa del Valencia sufrió ayer más de lo previsto ante un Tenerife al que le faltó pegada
Lunes
, 25-01-10
UN HORRIPILANTE y hasta ofensivo a la vista suéter azul claro de manga corta con motivos invernales y cuello cerrado; y un tupé rizado predominante y con ganas de tener protagonismo. Detrás de él, sentado en un plató de televisión, un portero de 20 años que acababa de debutar en Primera ante el Barça. Era mayo de 1992. El mítico guardameta del Valladolid Ravnic se iba a la caseta con la roja y tres tantos. Luego llegó el turno del tercer portero, que se llevó otros tres pero que nunca olvidó aquel estreno ante un recién nombrado mejor equipo de Europa. Era César Sánchez, el portero que ayer siguió poniendo en el escaparate paradas de profesional eterno.
Una camiseta negra de portero, con el uno a la espalda (como las de toda la vida), pero con colorines rosas y verdes en el pecho. Así se plantó César delante de Koeman en su primera acción de aquel Real Valladolid-Barcelona, que finalizó con un 0-6. A los pocos minutos ya le había parado un cabezazo a Hristo Stoichkov.
Acaba de cumplirse un año de su presentación como portero del Valencia. Venía para jugar los minutos de la basura. Y sin embargo, ayer en Tenerife, confirmó que sigue estando para salvar partidos. Fue el mejor. En el uno contra uno, en los reflejos y en esa parada casi inédita en la que al principio del choque, casi frío, rebañó el balón en el aire.
Nadie olvidará sus atrevidas camisetas -y hasta pantalones- rosa palo. Le sisó la titularidad a Íker Casillas en el Real Madrid. Suma siete títulos. Y ahora, en Mestalla, hace equipo, aporta veteranía, sabe estar y, ante todo, está en un gran momento de forma que es lo más importante. César no es un portero cantarín. Sólo tiene la personalidad de Springsteen, las tablas de Bryan Adams, la personalidad de U2, el tono cercano de Duncan Dhu y el atrevimiento del Canto del Loco.




