Lunes
, 25-01-10
PUNTO DE FUGA
UN tal Joan Rivera, decano al parecer de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lérida, acaba de denunciar al mundo el drama que sufren algunos jóvenes estudiantes oriundos de esa demarcación. Así, dado que en su centro hay muchos matriculados «de fuera», más de un nativo se ve obligado a abandonar el claustro materno con tal de cursar estudios en lejanas e ignotas comarcas. Al punto de que, en los casos más sangrantes, algunos donceles leridanos han de aventurarse a pasar largas temporadas no sólo allende los límites administrativos de su propia provincia, sino incluso en territorios correspondientes a otras regiones de España. Vivencias traumáticas todas ellas a las que el consejero Huguet, muy sensibilizado con la tragedia, se propone poner coto cuanto antes mediante el establecimiento de unas «pruebas vinculantes de catalán» a todos los candidatos a acceder a la citada facultad.
En fin, que hay progresistas y que forman legión es evidencia incontestable. No obstante, inferir de ello que en la historia se haya dado alguna vez la entelequia que llaman «el progreso», es otro cantar. Tal quimera ni existe, ni ha existido jamás. Y ya Pla aclaró en su día la confusión semántica en torno a tan fantasioso asunto. Decía el maestro que tal vez cabía admitir algún progreso gracias, por ejemplo, a la invención de la bañera, el bidet y novedosos ingenios por el estilo. Pero en cuanto a la perfectibilidad moral de los seres humanos, no consta una sola prueba fáctica de que hayamos avanzado ni un centímetro desde el Pleistoceno inferior, certificó con lúcido escepticismo.
Y mucho menos aún desde la Primera Guerra Carlista a esta parte, añadimos nosotros. De ahí que en la en la primavera de 1838, tras recalar en el puerto de Barcelona, ya pudiera anotar Stendhal en sus célebres «Memorias de un turista»: «Estos señores quieren leyes justas, con excepción de la ley de aduanas, que debe ser hecha a su guisa. Es preciso que el español de Granada, de Málaga o de La Coruña no compre las telas de algodón inglesas, que son excelentes y que cuestan un franco la vara, por ejemplo, y adquieran telas catalanas, muy inferiores y que cuestan tres francos la vara». Faltaba poco aquel entonces para que las fuerzas vivas de Cataluña, Vascongadas y Castilla acordaran echarse a dormir una plácida siesta de un siglo a la sombra del proteccionismo textil.
Y aún habrían de pasar 172 años antes de que los caciques pedáneos de la nueva Restauración, con el patriota Huguet a la cabeza, volvieran a esconderse de los fríos vientos de la competencia, acurrucados ahora bajo la manta de las germanías vernáculas, ese genuino Arancel Cambó del siglo XXI. Aunque pensar en el fatal destino al que se vieron abocados Ramon Llull, Arnau de Vilanova o Joanot Martorell en plena Edad Media, siempre a caballo de remotas «universitas». París, Roma, Londres... Pobre gente aquélla.


