Valoración:
Sábado , 23-01-10
Ira contenida, miradas reticentes, desconfianza, recelos, gritos e insultos en plena calle. La convivencia en Yebra está herida de muerte. Su candidatura —la primera de todo el país— para albergar el futuro Almacén Temporal Centralizado (ATC), que guardará los residuos de alta radiactividad de todas las centrales de España, ha generado todo tipo de odios enconados entre los vecinos. Daños que serán irreparables durante generaciones si la conciliación no llega a tiempo.
Los duros enfrentamientos entre los detractores y partidarios del «cementerio nuclear» —como los vecinos llaman al ATC—, que enturbió la jornada del jueves nada más aprobarse en el Pleno del Ayuntamiento la candidatura, dio paso ayer a una tensa calma que se rompe al menor roce. Este pequeño pueblo alcarreño, de 567 habitantes y muy cercano a la central nuclear de Zorita, se ha convertido en un polvorín a punto de estallar ante la menor chispa. Los más mayores temen lo peor. «No quiero que vuelva otra guerra como la de ayer, porque no sé qué pasaría». Es la mayor preocupación de Vicente y Miguel, dos octogenarios que pasean por la plaza a primeras horas de la mañana. A ellos el cementerio nuclear no les hace ninguna gracia.
«Es para mis hijos»
Pocos son los que se asoman a las calles y a la plaza de Yebra, empapelada de carteles, pancartas, grafitis, pintadas, y hasta crespones negros en los balcones, de los que defienden el «sí» y de los del «no». Aunque la hora del almuerzo despierta cierto movimiento en el Bar La Curva. Un corrillo de vecinos da pie al asunto que les trae de cabeza estos días. «Soy una pequeña pyme dedicada a la construcción. Tengo tres trabajadores y ahora no hay trabajo. Sólo puedo sacar algunas chapuzas. El cementerio nuclear es bueno para el pueblo y para toda la comarca porque generará empleo. No es para mí, que tengo ya 56 años. Es para mis hijos y mis trabajadores».
Así de claro lo tiene Javier y los amigos que le rodean. «Vendrán técnicos e ingenieros que necesitarán vivir, comprar en tiendas, una casa para alojarse... Y también se necesitará gente para el mantenimiento o la jardinería. El almacén nuclear repercutirá en otros negocios».
Su discurso no está exento de argumentos en favor del ATC: «Hemos convivido durante cuarenta años con la nuclear de Zorita, que se encuentra a 600 metros de granjas avícolas —muestra una fotografía para justificar sus palabras— y se han vendido los huevos. Los campos se han regado con el agua del Tajo, que pasa junto a la central, y no ha pasado nada. Gracias a la central tenemos un campo de fútbol, una piscina, carreteras...».
En la conversación está Javier, el dueño del bar —echa de menos cuando servía más de cien comidas gracias a la nuclear de Zorita—; Pedro, electricista, y Miguel Ángel, ahora en paro tras intentar sacar adelante una empresa textil. Todos asienten con la cabeza a las palabras de Javier. Le arropan. «¡Que me digan de un pueblo de la comarca que no tenga gente que haya trabajado en la central! Incluso muchos de los que ahora no apoyan el ATC, trabajaron en Zorita», espeta Pedro.
«No hay que tener miedo»
El alguacil José Ángel es del mismo palo. «Al futuro —dice— no hay que tenerle miedo, sólo ponerle precaución», como reza en una pancarta colgada en la calle. En su caso, está dolido porque altos cargos del Partido Popular «no han apoyado la decisión de mi alcalde y los concejales del PP. Mi alcalde sólo mira por los intereses del pueblo. Si el ATC es bueno y necesario para muchos países desarrollados de Europa, será bueno y necesario para España, para nuestra comarca y para Yebra», defiende.
Y es que algunos han visitado otros cementerios nucleares de otros países, en concreto de la costa de Normandía y Holanda. «Es maravilloso». «Es envidiable». «Hay industrias, comercios y sus pueblos están impecables». Entre ellos, no faltan halagos para este tipo de instalaciones.
Empleo, bienestar, menor contaminación... son las razones esgrimidas de los partidarios. Pero no todos miran bajo el mismo prisma. Pilar se ha subido a su coche, en el que ha instalado una pancarta en contra del cementerio nuclear, más la pegatina que lleva en el abrigo. Está tranquila. «El pueblo está dividido. Soy votante del PP y muchos de nosotros nos sentimos engañados por el alcalde. Él no llevaba en su programa electoral la instalación del ATC. Tampoco nos ha informado sobre sus ventajas e inconvenientes», protesta.
«No hubo referéndum»
Poco a poco crece la indignación que siente. Su enfado. Y los nervios surgen a flor de piel. «Hubo un referendum para elegir el escudo del pueblo. El alcalde nos mandó una carta a casa con tres propuestas. Y votamos la que nos pareció más conveniente. Si convocó una votación para elegir un escudo ¿por qué no lo ha hecho en una decisión tan importante como ésta?».
Teme por los problemas de salud que pueda generar el almacén nuclear, cree además que no generará empleo a medio y largo plazo... Pero ella sólo quiere hablar de lo que más le duele: «Nos han partido por la mitad. Hay enfrentamientos entre padres, hijos, hermanos y entre amigos de toda la vida. La gente incluso se niega el saludo».
Junto a Pilar se acercan otras vecinas. Una de ellas no quiere dar su nombre pero sí su aportación en la conversación. «Ayer sentí vergüenza ajena cuando vi al alcalde escoltado por los antidisturbios y los agentes de la Guardia Civil. Este pueblo hasta ahora ha sido un pueblo pacífico. Éramos como una piña». Al oírlo, Pilar se marcha con lágrimas en los ojos.
«Un futuro para mis hijos»
Loli está muy nerviosa. Hace unos minutos acaba de tener una fuerte discusión con el barrendero del pueblo. Y por el mismo asunto: el cementerio nuclear. Con su camiseta en contra del ATC, se ha movilizado durante los últimos dos años para defender su postura. Lo veía venir. Y no lo quiere en su pueblo porque desea «un futuro para mis hijos». «Además —matiza— hemos tenido una inundación y un terremoto. Por eso, aquí no puede estar el cementerio nuclear. Nos han engañado».
Junto a su marido regenta una fábrica de aceite con denominación de origen. Poco a poco, Loli se va calmando a medida que se desahoga. Teme el ATC. «En esta comarca hay un elevado número de enfermos de cáncer, pero no se puede demostrar que esté relacionado con la central nuclear. Nunca lo van a decir, no interesa».
Los que defienden el «sí» dicen que la mayoría del pueblo quiere el ATC. Y los partidarios del «no» que también la mayor parte de los vecinos reniega del cementerio nuclear. Quizá cuando los ánimos se calmen, todos puedan estrecharse las manos, reconciliarse y buscar entre todos el mejor futuro para su pueblo.
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...