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Viernes , 22-01-10
Medular, directa, esencial, intensa, apasionante. Así es la versión vertiginosa y libre que Miguel del Arco y Aitor Tejada han empaquetado de «Seis personajes en busca de autor». Un trabajo, más que de adaptación, casi de reinvención, al estilo de concentración suma y tan respetuoso como desprejuiciado con que el argentino Daniel Veronese se ha aproximado a obras de Chéjov o Ibsen. Del Arco y Tejada parten del texto de Pirandello para culminar una obra diferente en varios aspectos pero fidelísima a la esencia de esa comedia por hacer, como denominó el dramaturgo italiano la hipotética obra no escrita a la que pertenecen esos personajes que buscan un autor.
Aquí son cuatro los seres de ficción corporeizados que irrumpen no en un ensayo sino en la representación de una pieza que enfrenta a un pintor y a su novia; cuatro criaturas con las pasiones a punto de ebullición: dos hermanos con sus respectivas parejas; el mayor mantuvo una relación con la mujer del pequeño, reciente madre de un niño que la esposa del primero aprieta entre sus brazos, pues el suyo murió. Cada cual enarbola el filo de sus pulsiones como arma y/o como escudo. El mayor sufre al revisitar obligadamente su drama, su mujer es un fantasma de maternidad desgarrada, el hermano menor parece un emblema de la fuga y de la ira, y la joven pareja de este ansía repetir la mezcla de placer y dolor que es su parte de la historia. Los dos actores de la obra interrumpida reaccionan ofendidos primero e interesados, subyugados, horrorizados después.
Y todo esto sucede a dos palmos de las narices de los espectadores, con los intépretes agitándose entre el público que los fines de semana acude al vestíblo del Teatro Lara, donde este montaje, estrenado hace mes y pico, es ya un urgente secreto a voces que ha reventado los termómetros de la expectación. Del Arco y Tejada han elaborado una magistral reinterpretación y puesta al día de un texto clave del teatro universal: conservan y revitalizan la columna vertebral de la función, han podado algunos excesos retóricos, perfilado el meollo fundamental, rebozado en humor parte de la metateatralidad y dejado limpio de redundancias ese sutil juego conceptal entre lo verdadero, lo real y lo representado.
Miguel del Arco imprime a la representación un ritmo eléctrico y los seis actores le responden como instrumentos ferozmente afinados. Israel Elejalde mantiene en vilo la contención dolorosa del hermano mayor, Manuela Paso resume su tragedia de madre en un grito estremecedor y en sus lágrimas de mujer aterida por el espanto, Raúl Prieto interpreta al hermano pequeño con el peligro cosido en los ojos y la furia bailando en cada gesto, Bárbara Lennie trenza naturalidad y verdad al exhibir una voracidad sensual sin pudor ni remordimientos, Cristóbal Suárez sabe mirar a esos personajes que han hecho trizas su función con afectada pertulancia y también con fascinación por el material bullente que tiene ante sí, y Miriam Montilla sirve con vigorosa ironía a la actriz iracunda y mordaz que retrata los tics de su profesión. Un gran espectáculo que merece continuidad.
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