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Memhmet Ali Agca, el terrorista ultraderechista turco que atentó contra el papa Juan Pablo II en 1981, fue hoy puesto en libertad de una cárcel próxima a Ankara. Agca fue trasladado inmediatamente a una oficina de reclutamiento militar para ser sometido a un examen médico y decidir si es apto para el servicio militar, que aún no ha cumplido a sus 52 años.
Ali Agca sale de prisión dispuesto a «proclamar el fin del mundo»
AFP Juan Pablo II visitó en prisión a Ali Agca el 27 de diciembre de 1983
Ali Agca ha adelantado en una carta manuscrita al «Sunday Times» que «mi plan es proclamar el fin del mundo y escribir el Perfecto Evangelio. Proclamaré el Cristianismo Perfecto que el Vaticano nunca ha entendido». En una carta abierta publicada el pasado miércoles, el asesino a sueldo que intentó matar a Juan Pablo II afirma que «el mundo necesita un nuevo Imperio Americano», y aconseja al presidente Obama hacer honor al premio Nobel. Ahora piensa hacerse millonario con entrevistas, libros y películas.
Ali Agca y sus tres abogados, especialistas en buscar notoriedad, pueden acabar dedicados a otras cosas pues la oficina de reclutamiento de Malatya, la ciudad natal del pistolero de 52 años, requiere comprobar su estado de salud para ver si efectivamente queda exento del servicio militar, una obligación que en Turquía llega hasta la edad adulta. Uno de sus abogados, Haci Ali Ozhan, manifestó ayer que «Agca se siente atónito y decepcionado ante la posibilidad de ser llamado al servicio militar. Dice que llevar armas va contra su religión y sus creencias filosóficas. Por otra parte, sería difícil proteger su vida entre millares de personas que llevan armas».
En esto último no le falta razón, pues Agca es considerado una vergüenza nacional en Turquía, no sólo por haber asesinado en 1979 al periodista Abdi Ipecki sino sobre todo por haber traído una pésima reputación al país.
Agca se ha declarado Jesucristo; urgió a Juan Pablo II a revelar el nombre del Anticristo, asegurándole que si lo hacía se curaría del párkinson; ha invitado a Benedicto XVI a dimitir. Vista la calidad, según el juez Ferdinando Imposimato, que investigó el caso, «es horroroso y ridículo que le ofrezcan dinero por sus revelaciones».
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