Desde el hotel dominicano al que ha sido evacuado junto a su padre, Bruno Valverde, hijo de la funcionaria comunitaria segoviana desaparecida en Haití, describe a ABC.es el horror haitiano.
A las 16:52 del pasado martes, José y Bruno Valverde revisaban el vehículo oficial de Pilar junto con un conductor de la Delegación de la Comisión Europea en Haití, en la que trabajaba la funcionaria comunitaria desaparecida en el seísmo. Pilar Juárez Boal, segoviana de 53 años, se había despedido de ellos a las 14:30 para acudir a una reunión a la sede de Naciones Unidas. Les había propuesto ir a las cinco a un espectáculo de danza. Prefirieron no ir. Y a las 16:53 del 12 de enero de 2010, el infierno se hizo sobre Haití.
«Aquello empezó a temblar y parecía el fin del mundo», explica a ABC Bruno Valverde -el único hijo de Pilar-. «Imagina un partido Madrid-Barça en el Bernabeu multiplicado por diez, seguido de una nube de humo elevada sobre la ciudad durante doce minutos que no te dejaba ver más allá de 25 metros», describe por teléfono desde el hotel de Santo Domingo al que fue evacuado anteayer junto a su padre en un convoy compuesto por un autobús y siete coches.
La noche más larga
«La ciudad ya era un caos antes de esto, cualquier barriada de chabolistas en Madrid sería el hotel Hilton comparado con Puerto Príncipe antes. Imaginad ahora», explica Bruno -un estudiante veinteañero matriculado en una universidad de Boston- con una serenidad y entereza que tiene pasmados a sus familiares y amigos. «Yo a mi madre la di por muerta el jueves. Tengo un uno por ciento de esperanza, pero el sentido común me dice que es muy difícil que le protegiera una viga o que una persona de seguridad se tirara encima de ella para protegerle. Pero a mi madre hay que encontrarla».
Después del temblor, pensó que lo siguiente sería un genocidio: «¡Se van a comer los unos a los otros!». Por la radio del personal de seguridad de la casa, situada en un alto de la capital haitiana, comprendieron que la sede de Naciones Unidas se había desplomado. Con Pilar dentro. La noche se comió lo poco que quedaba de Puerto Príncipe y, por prudencia, instalaron los colchones entre los coches en el garaje y esperaron ahí al alba, con el miedo de que una réplica derribara la casa. Al salir el sol, a las cinco de la mañana, emprendieron camino ladera abajo en compañía de su vecino, el cónsul general de España en Haití, Juan Pedro Pérez-Gómez. A medida que avanzaban, vieron cómo de la Embajada de España quedaba muy poco en pie. Lo mismo de la sede de la agencia de cooperación (AECI). Hasta que llegaron a la puerta principal de la sede de la ONU donde estaba Pilar.
Jose en acción
«Había un tanque con unos doce militares haitianos apuntando a todo lo que se moviera. Enseñamos nuestros pasaportes diplomáticos. Nos dijeron que sus órdenes eran no dejar pasar a nadie que no fuera de la ONU y nos echaron atrás, así que nos dirigimos a un hospital de campaña instalado cerca del mar a ayudar». Y allí entró en acción José, el marido de Pilar.
Enfermero de profesión, hacía años que había dejado su carrera para dedicarse a la fotografía y seguir a Pilar en su periplo por el mundo. Quienes les conocen (es el caso de quien esto escribe) no se cansarán nunca de destacar la generosidad con el prójimo, la vitalidad y la incansable creencia en un mundo mejor de una familia que siempre ha tenido las puertas de su casa abiertas de par en par.
José vio que faltaban todo tipo de medios para atender a los heridos. «¡Tuvo que poner 75 inyecciones con la misma jeringa!», explica Bruno, que ayudó a su padre a atender a cuantas personas pudieron hasta la extenuación. «Yo he estado en la jungla, no te puedes imaginar la cantidad de muertos que he visto». Desde Santo Domingo, siguen con serenidad los trabajos de la brigada de especialistas chinos que busca a Pilar. «Nuestro miedo es que le encuentren y no le reconozcan», explica, por lo que han distribuido fotografías de Pilar con sus teléfonos de contacto. Esperan así que Pilar regrese de los infiernos.





